Sin remitente

Yo, que nunca he sido muy amante de los regalos sin remitente, porque no me gustan los secretos ni que me quieran a escondidas, recibí uno sin esperarlo y en el lugar menos indicado. Además, parta de que soy bajo perfil y la mayoría de las cosas me gustan sin alborotos y lo más normalito posible.

Como varios de mis lectores saben, aparte de ser periodista dicto clases en una universidad de la ciudad donde imparto algunos cursos a más de un centenar de estudiantes, llevo varios años allí y por ende, la mayoría me conocen puesto que a muchos les he dado clase desde el primer semestre. Me gusta tener una buena relación con ellos pero siempre con respeto y desde esa delgada línea entre profesor y alumno que pienso no debe romperse. Muchos dicen que soy “cuchilla” y que no tengo corazón, por el contrario, otros, si bien reconocen lo exigente que soy, creen que si tengo sentimientos; sentimientos que afloraron el día que recibí un regalo inesperado en plena cafetería del lugar.

Tenía clase muy temprano, solía llegar antes para desayunar tranquilamente e irme luego al salón. Como todos los jueves, me senté sola en una de las mesas del restaurante a comer y a revisar notas. Después de diez minutos de estar ahí, se me acercó un señor que jamás en la vida había visto, llevo tiempo trabajando en la U y conozco a casi todo el personal que allí labora. Estaba merodeando y haciéndole preguntas a los empleados de la cafetería y señalándome, por lo que pensé: ¿Este quién será, de donde habrá salido? ¡Qué querrá por Dios! ¿Será el padre de algún estudiante que perdió la asignatura y viene a reclamarme, a decirme cuántas son cinco, a qué le devuelva la platica o la dignidad de su hijo(a)? ¡Ilumíname señor, devélame su identidad!

Y más nerviosa me puse cuándo en un tono serio me preguntó: ¿Es usted la profe Ana? (Con apellido incluido), un apellido que no es muy común en esta ciudad y que solo lo tengo yo en el sitio donde trabajo. ¡Aquí fue! Morí sin poder despedirme de nadie, me van a llevar presa seguramente por alguna equivocación, (pero si yo no he hecho ningún daño por ahí que me acuerde…), ¿quién habrá perdido más de un curso conmigo? Yo no debo ni un solo peso, ¿será que fue alguno que sin querer le dije la cruda verdad en la cara y no lo soportó? ¡Qué angustia!

¡Sí, soy yo! Respondí valientemente dispuesta a todo, ¿Qué necesita? A lo cual respondió:

– Ah profe, es que hay un regalo para usted: ¡Un desayuno!

– ¿Cómo así? Yo ya desayuné. Usted debe estar equivocado

– ¡No! ¿Es usted Ana tal? Se lo pregunto por segunda vez

– Sí, la misma que viste y calza

– Pues sí es para usted, ya comprobé su identidad e inmediatamente se lo traigo

¡Trágame tierra! ¿Por qué para mi, en una cafetería universitaria, donde la mitad de la gente me conoce y sin saber quién es el remitente?

Y en menos de un minuto apareció nuevamente el personaje con una bandeja de madera tipo mesita, llena de flores (que por cierto no me gustan) porque me huelen a cementerio y se marchitan muy rápido; pero sí debo decir que eran muy bonitas: unos girasoles muy amarillos ellos y un par de rosas acabadas de cultivar porque muy rozagantes si estaban. Y parece ser que el admirador o admiradora, porque en esta época cualquiera se puede enamorar de usted, pensará que soy fitness porque estaba llena de una alimentación muy saludable: barras de cereal, yogurth y frutas, bueno, también era un desayuno, ¡digo yo! pero ni un solo postrecito o chocolatico con lo que me gustan.  Y la cereza del pastel: Un león de peluche muy sonriente que al hundirle el estómago rugía, que como las flores, tampoco me gustan, ¡Sí, ya sé! soy una mujer poco convencional, pero igual lo recibí con mucho gusto.

Seguía incrédula ante tal situación y volví a preguntar: ¿Señor, usted está seguro que esto es para mi? Vea, por favor reflexione, piense, haga memoria y verá que está equivocado. El mensajero a punto de explotar de un ataque de desespero me lo reconfirmó y con un tono de “Ya no me la aguanto más señora”, me indicó que leyera la tarjeta que venía con la bandeja. La abrí y cuál fue mi sorpresa al ver mi nombre plasmado con una dedicatoria que me dejó en shock. Y ahí si empecé como cual Mata Hari a mirar por lado y lado a ver quien estaba escondido detrás de cualquier muro, pared, valla, mesa, silla o árbol, observando todo lo que estaba pasando, porque los demás comensales que estaban en la cafetería ya se habían dado cuenta y a lo mejor el o la autora de semejante regalo, andaba por ahí espiando mi reacción.

Para acabar de ajustar, el mensajero me pidió el gran favor que si me podía tomar una foto con el desayuno para la evidencia ¿Y qué más podía decir si él estaba cumpliendo con su trabajo? Pues ya me “banderió”, ¡Hágale que hps! Y pelé los dientes para la posteridad, le agradecí y me quedé sentada en la mesa con mi regalo sin saber que hacer…

Era hora de la clase y no me daba tiempo de llevarlo al carro para guardarlo, el parqueadero queda muy lejos de la Facultad y no podía retrasarme, mis estudiantes tenían parcial y si alguna vez en la vida no he llegado en punto, ha sido por motivos muy ajenos a mi voluntad. Tuve que salir con mi desayuno para la sala de profesores y los pocos que allí se encontraban comenzaron a decirme: “Felicitaciones profe, que belleza de detalle, que cumplas mucho años más”. ¡Pero si yo no estoy cumpliendo años! les decía, ¡No me feliciten más y hablen bajito! Y entonces dé explicaciones, que mire, que vea, que era que había sido un admirador secreto, que ni idea quién… pero el tiempo estaba encima y debía irme, el chisme pa´después ¿bueno?

La bandeja no cabía en mi mesa de trabajo y lo único que se me ocurrió fue llevarla a la recepción para que una de las auxiliares que allí trabaja la metiera debajo de su puesto hasta que terminara mis clases y pudiera irme con el regalo a la casa. Y tampoco había tiempo para explicarle de quién era y porqué motivo me lo habían dado, solo guárdelo ahí mamita que tengo afán.

Se acabó la jornada laboral y fui a recoger mi de detalle, lo cargué en mis brazos como un tesoro y salí rumbo al parqueadero en medio de la mirada de todos los que por ahí estaban, pensando y sospechando de cada rostro que me miraba porque ahí podía estar el o la autora del mismo. Pero no, ninguno se acercó para dar la cara y hasta el sol de hoy no se quién fue.

Estimado admirador o admiradora, si estás leyendo este post aprovecho la oportunidad para agradecerte semejante regalo, me siento muy halagada, el mensaje de la carta estuvo muy bonito y arrasé con todo lo que contenía la bandeja menos con las flores y el peluche. Y aunque es muy satisfactorio saber que hay personas por ahí de incógnitas que uno les atrae o lo admiran, no me gustan este tipo de situaciones y me siento incómoda; prefiero mil veces un face to face, un par de pantalones o de ovarios bien puestos que te digan lo que sienten, (yo que soy así, directa y a la yugular) y ya se sabrá que hacer;  si hay estrellón pues nada que hacer, en la vida nos pasará muchas veces y si no, pues quien quita que de ahí pueda surgir algo.

Por eso mis queridos lectores, muchos estarán de acuerdo conmigo en que aunque es un bonito detalle no fue lo más apropiado o por lo menos en mi situación porque no era el lugar ni el momento, además prefiero las cosas de frente y bajo perfil. Como otros podrán decir que soy una desagradecida, que a cualquier mujer le encantaría recibirlo y que no aprecio que aun existan admiradores secretos, pero para gustos los colores y en este caso, para mi, fue una situación #asíomásdemalas

 

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