Bruno y el argentino

En un post anterior conté mi odisea de judía errante por diferentes apartamentos de Medellín y como era de esperarse, me volví a mudar. Ahora estoy en un apartaestudio que me encanta y vivo feliz, disfruto mucho mi espacio, el lugar es cercano a todo y puedo hacer las caminatas que tanto me gustan. Hay ruido sí, pero tolerable y la diferencia con las dos anteriores propiedades, es abismal. Me gusta todo de este lugar, sus zonas sociales, los alrededores, la distribución de mi casa y como no; el vecino.

Mi balcón queda justo al lado del suyo, no nos separa casi nada y me lo encuentro cantidad de veces, cuando en la vida en un edificio poco o nada, he visto a los vecinos gracias a Dios, porque me da tanta pereza que prefiero bajar 500 escaleras que encontrármelos en el ascensor y demás; y no porque sea una asocial, de eso nada, simplemente a estas alturas de mi vida le huyo a la diplomacia, eso es para las embajadas, no para mí. Y hay días que no quiero saludar ni me interesa sonreír, así de sencillo primores.

En fin, que la historia con el guapo del lado es de las típicas mías, al principio pensé que era gay y vivía con su pareja, pero para mi suerte descubrí que no. ¿Y de dónde saqué esa información errada? “una” que siempre se empelicula y piensa lo que no es. Pero a ver, díganme ustedes si esto que les voy a contar a continuación no daba para pensarlo.

Día de mi mudanza, la puerta del apartamento de par en par mientras entraban los enseres y de la nada entra un perro como Pedro por su casa, sin tocar, sin avisar y a rastrear el lugar de punta a punta… y yo, que puedo morir de amor por ellos, lo dejé y hasta le dije que podíamos compartir si quería. Pero detrás del perro entró el que yo pensaba era el dueño, un argentino con más ojos que una piña, un bombón que hágame el hp favor, pero más mala leche que cualquiera.

– “Bruno fuera, vámonos de aquí”

– Dejálo, tranquilo, yo no tengo problema.

– ¡NO! Es que me están esperando, adiós.

Ay bebé, chao, que le vamos a hacer… y fuera de mi casa maldito mala clase. Y después preguntan por qué “una” a veces es tan parida con la gente, es que no colaboran.

Bajé a la portería con los del trasteo para despedirlos y pagarles por tan magno servicio y al volver, veo al mismo perro de la mano de otro ser maravilloso, igual o más bizcocho que el anterior, barbado, alto, de dientes perfectos y de nacionalidad argentina again, porque al saludar a Bruno otra vez, este si fue amable y el acento lo identifiqué de ipsofacto. ¿Pero qué pensé? Pues que el otro y este eran novios, vivían juntos y compartían la custodia del can.

Días después volví a verlo con ese perro que es una hermosura como él, tan alegre y querido me dice: “Ah sos la vecina nueva, bienvenida” y de ahí en adelante en la piscina, en el gimnasio, en la portería, en el ascensor, en el pasillo… estoy que le digo que abramos un boquete entre los dos apartamentos para que todo sea más fácil.

Y para mi suerte comprobé que no es gay, (pero no personalmente) a través de otras situaciones, que no es pareja del otro, que vive solo con Bruno, que está más bueno que un bulto de gomitas de ositos rojos y que espero seguir siendo su vecina del lado por muchos años más.

 

 

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Lo quiero pa´mí, pero… ¡Es GAY!

Todas las mujeres han tenido en su vida un amigo gay. Aquellos hombres perfectos que poseen una combinación de cualidades que nos gustaría encontrar en un heterosexual. Ahí es cuando uno se pregunta ¿pero por qué maldita sea? Pues son  honestos, demuestran sus sentimientos sin ningún pudor y son amorosos con quienes quieren. Esa sensibilidad que todas anhelamos, posiblemente nos lleve a suspirar a más de una.

Con ellos se puede hablar de variados temas y el apoyo y consejo es seguro. Tienen una especial admiración por la cultura y eso nos atrae; a muchas les gustaría asistir a un concierto de la filarmónica, una presentación de Ballet, una exposición de arte, etc. y olvídese pues que el susodicho la va acompañar, prefiere la cantaleta su buen rato que la visita a dichos lugares.

Les encanta estar como unos postres, huelen rico, dedican tiempo al gimnasio y casi todos están más buenos que el pan. A las mujeres nos gustan los hombres bien arreglados, puestecitos en orden y que aunque sean meros machos, también es bueno que se hagan un champucito de vez en cuando, que se pulan la barba, que tengan dignidad si se están quedando calvos, es decir; si le queda la aureola de santo, túsense por Dios, quítense ese par de lanitas que seguro sin ningún pelo se ven mejor.

Y tienen una cualidad maravillosa: Les gustan las tiendas de ropa y la moda. Eso es la alegría para cualquier mujer, sobre todo para las compradoras compulsivas como yo. No están alegando entre dientes y con cara del lugar donde la espalda pierde su nombre. Además no afanan y no estresan si uno se pone, se quita, se mide otra vez y se vuelve a arrepentir. Ellos esperan pacientemente.

Por eso a las féminas se nos van las luces algunas veces y cometemos el error de tener un mal pensamiento hacia ese amigo que uno sabe perfectamente que prefiere los de su mismo sexo, pero que como mujer piensa que lo puede hacer cambiar de opinión o de preferencia sexual y ¡no! Se puede parar en las pestañas, llorar, chillar y patalear y no hay manera que le den la “pruebita de amor”.

La situación está dura porque no hay mucho personal masculino en esta ciudad que sea válido y si se los encuentra están casados, separados con la prole de hijos o como en este caso, son gay y en esta época, es muy difícil identificarlos porque hay homosexuales que  uno jamás pensaría que lo son y es ahí donde usted empieza a dar lora y a echarle la garra al que la va a dejar morir de sed, porque si los hetero a veces no le dan ni agua, estos ni la jarra entera.

No hay derecho que haya más hombres para los hombres que para las mujeres. ¿Por qué no nos tocan esos a nosotras?

 

 

 

Tengo que confesarte algo…

En mis años de judía errante por España, compartí una de tantas casas con dos chicas de otros países, una de ellas Chilena llamada Gabriela; joven, estudiosa y muy buena niña. La verdad no sé si punto negativo  para ella irse a vivir con un par de locas como nosotras, que le doblábamos la edad y llevábamos ya un buen camino recorrido, pero la empatía fue tan buena que pagamos juntas alquiler durante tres años hasta que por situaciones de la vida, cada una tomó su rumbo.

Salía poco, no se le conocía “chicuelo” alguno, muy moderada en sus quehaceres y con amistades pero no del género masculino, por lo menos no le conocimos uno en mucho tiempo, ¡doy fe! Al principio no teníamos mucha confianza pero después de unos meses la pobre cayó en las costumbres de sus compañeras y su moderación se fue al carajo. Aunque no fue culpa nuestra, que pena con ustedes, ella solita quiso empezar a salir de marcha, rumba o fiesta, como mejor les suene.  Pero a pesar de eso, nada que le conocíamos “tinieblo”, dícese del  amante con el que es mejor no dejarse ver en lugares públicos, “Galán” dícese novio, o “Maromo”, dícese pareja, pretendiente o como bien lo indica su nombre… pues con el que se hacen maromas.

Empezamos a pensar que era gay, lo cual no significaba ningún problema para nosotras, cada quien hace con su vida, sexualidad, cuerpo y demás lo que quiera, pero nos parecía extraño que no hubiera dicho nada si compartíamos casa. La cosa se quedó así y nunca preguntamos.

Resulta que mi amiga se fue de vacaciones y nos quedamos Gabriela y yo solas 15 días. Había llegado al apartamento no hacía mucho, la estábamos conociendo y se estaba construyendo la confianza. La veía solo en las noches que regresaba de trabajar y pare de contar. Ella igual, regresaba de la universidad, cenábamos juntas, conversábamos un rato y a dormir.

Un día cualquiera me dijo que saliéramos a comer algo y fuimos a un lugar cercano, pero al volver me detuvo en las escaleras y me soltó la siguiente frase:

– Ana, tengo que confesarte algo. Me ha dado vergüenza porque han pasado varios días, llevo poco tiempo con ustedes pero te lo voy a decir.

Y pensé:

_ ¡Ay Marina! que si es gay y se enamoró de mí, no aguanta más y me lo va a confesar. ¿Qué hago? ¡Y yo bien amante del género masculino! ¿Para dónde arranco? ¡No, esto no me puede estar pasando a mi!

Y palidecí esperando oír la gran confesión de amor…

– Ana, es que esta semana… hmmm…que estaba sola en el apartamento y como nuestra compañera está de viaje…

(Ay que aprovechó la ausencia… ¡madre mía!) Y seguía esperando…

– Lavé la ropa de las tres y cuando la colgué en el tendedero,  se me cayó la parte de abajo de tu traje de baño y se perdió.

¡Me volvió el alma al cuerpo! Muy halagada me hubiera sentido seguramente,  pero no gracias deje así que la situación hubiera sido muy incómoda. Y eso no es todo, lo peor es que el alumno superó al maestro; después de un tiempo nos dimos cuenta que de gay nada y que tenía mas maridos que Doña Flor.