La cerradura

Por fin pudimos ir a la finca que tiene alquilada mi hermana en Guatapé, municipio turístico al este de Medellín famoso por sus casas decoradas con bajorrelieves de colores y cerca del embalse artificial del Peñol, un centro de deportes acuáticos muy concurrido, donde los fines de semana no le cabe ni un alfiler porque está repleto de turistas tanto nacionales como internacionales; pero la casita queda en las afueras del pueblo gracias a todos los santos misericordiosos, porque a estas alturas de mi vida no me aguanto ningún tipo de tumulto ni me soporto muchas cosas de la gente y es tan horrible, que siento una dicha inmensa.

Después de preparar la ida muchas veces, porque es costumbre en Colombia aquellas típicas frases “Sí, tenemos que ir”, “Claro, ¿Cuándo vamos?” lo que significa puede llorar porque no vamos a ir, te carameleo pero olvídate baby porque no contarás con mi presencia; pues se hizo el milagro y se armó el paseo, ¡Empaque pues que nos vamos!

Los asistentes: Varios amigos, entre ellos una pareja de esposos que quiero con todo mi corazón y que a la doña señora la conozco hace más de 20 años, calcule pues el grado de amistad. El resto, también muy cercanos y obvio, de mis afectos.

La finca: Una casa tipo campesina pero con todo lo necesario. Una cocina antigua en las afueras de la casa lo mismo que el baño, que usted la piensa si en medio de la noche sus necesidades fisiológicas lo atacan. Tres habitaciones, pero una de ellas no ocupable porque la mitad de los utensilios para cocinar se encuentran allí incluida la nevera; en las otras dos, cama doble más camarotes. Está rodeada de mucho verde, una pequeña quebrada, vacas por donde usted mire e infinidad de bichos característicos del sector, menos lagartijas que no vi ni una porque este post no lo estaría escribiendo, solo un sapo grande verdoso que se coló en el corredor y fue el causante de los problemas que prosiguieron.

Tan amables cierran las puertas de las habitaciones para que el sapo y toda su prole no invada nuestro espacio y no nos toque a nosotros dormir afuera ¡Gracias! Y así fue, ubicamos el llavero que contenía unas 50 llaves de cada portón, cada ventana, cada cajón, cada closet… para poder cerrar; y esa argolla llena de instrumentos para abrir cerraduras era una guevonadita al lado del de la película “Los Otros” de Nicole Kidman, pero aun así, fuimos capaces de abrir todo después de casi dos horas de intentarlo.

Cerramos cada una de ellas y todas nuestras pertenencias quedaron adentro. Escuchamos música mientras conversamos y cenamos fondue, comida típica de Suiza que consiste en sumergir con un pincho pequeñas piezas de alimentos en líquidos calientes como aceite, queso derretido o chocolate en una pequeña olla de hierro fundido, ¡imagínense la elegancia! Vacas, monte y bichos, pero que no se pierda el glamour, hasta que nos venció el sueño.

Bueno mis queridos comensales, cada uno pa´su pieza, escoja cama, cobija y doble almohada en mi caso, para poder caer en los brazos de Morfeo. La pareja matrimonial, obvio había escogido el lecho conyugal que se encontraba en la última habitación, una bastante grande diría yo en la que descansarían perfectamente y podrían estar tranquilos porque en la otra cabíamos los demás.  Abrimos la nuestra y luego la de ellos… ¿Abrir qué? Si la cerradura no abría, no había poder humano, ninguna llave le servía, ni tratándola con fuerza ni haciéndole con cariño, ¡NADA! pero tranquilidad que esto lo solucionamos como sea, ¡Sí! ¿cómo? si las ventanas tenían rejas y la puerta no contaba sino con una pequeña abertura en la parte superior.

¡Tocó dañar la cerradura! dejé y verá que eso es muy fácil, más fácil arrodillar una gallina pues que quitar esa chapa; ni para un lado ni para el otro, ni dándole con martillo ni destornillándola, hasta que por fin cedió y ahí si se jodió del todo. Súbase usted en esa silla, tome un palo, métalo por la ventanita que tiene la puerta arriba y yo desde la otra ventana le voy avisando como va: “Más arriba, a la derecha, nooo para el otro lado, ya casi, ya casi, ahh no ya se volvió a salir” y así como 20 minutos hasta que decidimos tumbar la puerta.

Hemos visto muchos programas policíacos en nuestra vida porque pensamos que la tumbaríamos como hace el equipo SWAT cuando interviene en una vivienda  a las malas, pero resulta que ninguno era policía, había de todas las profesiones menos esa, pero lo intentamos. A ver Ana, usted y “Tales” cogen esa banca de madera que hay afuera, tómenla cada uno por un lado como si fuera un ariete (arma originada en épocas antiguas, usada para romper las puertas o paredes fuertes) y empiecen a darle con un buen ritmo para poderla tumbar. Yo no llevaba si no dos intentos y ya me quería morir, además esa puerta era como el Muro de Hielo de la serie Game of Thrones, no lo tumbaba ni el putas.

Y después de una hora de intentos, de cansancio, de idear maneras para solucionar el problema, de estar caídos de sueño y de no poder abrirla de ninguna manera, decidimos que lo mejor era llamar a un cerrajero… un sábado casi a las 01:00 a.m. pero ¡Ah! Había que intentarlo y lo peor de todo es que ¡contestó! “Claro, con mucho gusto yo voy, pero mañana temprano”, seguro andaba de juerga y nosotros embalados ¡No hay derecho!

¿Qué hacemos? Echen todos para la única habitación libre que queda, en todas las camas, arrunchados, los otros dos sin pijama y sin poder lavarse los dientes porque todo había quedado adentro y traten de descansar como puedan porque el marido de la mismísima gran amiga roncaba como tractomula averiada.  ¿Así o más de malas?

“Cesó la horrible noche” como versa una de las estrofas de nuestro Himno Nacional y buenos días para todos, vamos a llamar al cerrajero nuevamente. Y en menos de 20 minutos, un domingo muy 08:00 a.m. estaba cambiando la cerradura como si nada, facilito facilito y aquí está la llave nueva y ya pueden entrar.

No dormimos nada, pasamos la noche como sardinas enlatadas, yo me levanté molida de los brazos de darle a esa puerta como la Teniente O´Neill, se fue un buen dinero en el arreglo de la cerradura, pero que felicidad que pudimos ir a la finquita de Guatapé a la que llevamos tratando de ir hacía un año.

 

 

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O todos en la cama…

Según cuenta la leyenda… si el príncipe que nos enloquece se hace el difícil, más nos gusta.

ikea1Para mí la indiferencia mata…¡pero las ganas! Y si a uno le gusta el niño en cuestión, ¿Para qué patear la lonchera? Y como a las mujeres, a muchos hombres también les pasa y adoptan esa actitud por timidez, porque no hay química, no tienen ganas de nada (MUY difícil), para hacerse los interesantes o porque son así, ¡triple pariditos! Y entonces dan rejo, lo ponen a uno a aguantar sed porque ni agüita dan, toca comprar reloj porque ni la hora y como dice Prince Roy “no me das ni las noticias”.

 ¿Y entonces? Pues hay varias tácticas para aplicar según el personaje, la situación y los sentimientos involucrados.  Ejemplo más usado: “la del pisco”, que en algunas regiones de Colombia lo llaman pavo y dice la antigua receta que antes de llevarlo a su triste fin, le dan licor para  que la carne tenga ese sabor dulzón del vino tinto.  Después de emborracharlo, en medio de su mareo, estira los guayitos y se come sin remordimientos.

A veces hay que echar mano de tan baja estrategia para conseguir ciertos objetivos, aunque no siempre, ¡ojo!  Porque no hay nada peor que una resaca moral que no provoca si no internarse en una clínica de reposo durante un mes.  Debe aplicarse sólo en caso muy necesario; cuando se quiere cumplir el reto, porqué éste cree que yo tengo la vida entera para esperarlo, o por simple ociosidad.  Además, téngase en cuenta que la preparación con licor no siempre implica llegar hasta la meta trazada, puede ser también para robarse unos o varios picos bien estampados o sacar información valiosa, y ninguna de las anteriores implica sentimiento alguno.

¡Tocó aplicarla! es que tire indirectas, puyas, flores, miradita, piropito, casquillito y nada de nada ¡tampoco! porque “una”  no es de palo y como dice mi querido y admiradísimo Andrés Calamaro en su canción Paloma: “No cometas el crimen varón si no vas a cumplir la condena”.

Heme ahí esperando a que el “pavo” estuviera medio listo para poderle endulzar el oído, pero no necesité ni la cucharita para el Splenda porque como una sedita “Reina pida no más”. Y eso que el sujeto en cuestión digamos que estaba en sus plenas facultades y no fui yo la autora material de los hechos, es decir, ni un solo traguito le ofrecí, más bien fui la intelectual.

En un frío de finca y más helados que cadena de columpio, tocó arruncharse. Y como iban siendo las 5:00 a.m.,  eche pal cuarto a dormir “entrepiernados” aunque sea pues pa´ compartir cobija.

Y empieza la odisea porque solo había libre un camarote o litera que llaman; mueble  compuesto de dos o más camas situadas una encima de la otra que habitualmente son utilizadas en espacios reducidos. Sin exagerar medía un metro, la cama de abajo estaba ocupada. ¡Sorpresa!  les toca acomodarse en la de arriba. ¿Y quién subía a Don príncipe hasta allá y en ese estado?

Era un cuarto con este tipo de cama y otra doble, ocupadas todas. En la de matrimonio  una amiga y su esposo y en la otra, la dueña del predio que para más Inri se despertó para “prohibirnos” cual mamá, dormir juntos en el mini-cambuche de arriba.

¡Que vea cómo se van a subir ahí! ¡Que vea que peligro! Que vea ¿cómo van a dormir juntos en ese pedacito de colchón? ¡Que vea se van a caer! ¡Que vea va a haber un accidente y se me van a caer encima! Taque, taque, taque… Y se armó el “bololoi” porque los otros dos salieron en nuestra defensa: “Que déjelos que se suban, que ayúdeles mas bien a treparse hasta allá, que ellos verán, que si se caen el golpe avisa, que no les dañés la acobijaita, vea cansona, que duérmase más bien”…

Mientras esos discutían por nuestra custodia le ayudé a subir al sujeto en cuestión, lo empujé y allá cayó. Luego subí yo con cuidado para “acomodarme”  porque no se podía ni mover un dedo, parecíamos empacados al vacío. Si nos movíamos para un lado abajo íbamos a dar, si nos movíamos para el otro, pared era la que íbamos a comer, además del frío que no dejaba dormir porque ni con una cobija que era más grande que la cama se quitaba.

Ahí fue cuando pensé que la ociosidad no tiene límite, que estaba pasando muy maluco en esa incomodidad y sin poder conciliar el sueño, entonces apenas oí el ronquido del otro me tiré de ese camarote como pude y me fui a dormir a la sala, en un sofá más duro que nalga de muñeco, pero tranquila y con cobija pa´mi sola.