El perro del vecino

descargaEmpezamos muy bien el 2016: Conozco al vecino más bizcocho que he tenido en la vida y en circunstancias de ¿Así o más de malas?

No puede ser que casi nunca me encuentre a alguien en el ascensor o portería del edificio, para el día que estoy como una loca, sin peinar, desarreglada, con la pinta dominguera y peor aún, ¡sin bañarme! me encuentre a semejante bombón.

Debía bajar quisiera o no a recoger algo,  pero un domingo ¿Quién va a estar por ahí loliando? “Yo voy a bajar como estoy, total, son sólo cinco minutos”.  Y heme ahí muy subida en el ascensor de pelo recogido tipo moña, el pantaloncito negro de lycra de hacer deporte, la camisilla negra (por lo menos iba conjuntada) y hágame el hp favor; de Crocs amarillos. ¿Qué dijo ella? Aquí no vive nadie, la única inquilina soy yo, aprovechemos bajamos sin bañarnos y llena de pintura, porque andaba en menesteres del hogar.

Y al llegar a la portería lo primero que vi fue un perro de pocos meses, una cosita que no provocaba si no comérselo a besos y yo, amante de los perros a morir, me enfleché hacia el can para acariciarlo. Obvio también le empecé a hablar como si me entendiera mucho:

¿Ay quenessss uno amocho, lindo de este edificio? ¡Ay! ¿Pero usted de donde salió tan divino? Cochita linda, gordo pechocho. ¡Ay! ¿Desde cuándo usted es uno vecino, príncipe que le ganó a todos los perros de aquí? ¡Lindooo carajo!

Después de tan efusivo saludo, le di los buenos días al portero y hágame el favor Carlos me dice de quién es esta grosería tan hermosa, que si no, me lo subo pero ya mismo para el apartamento. Y la grosería tan hermosa resultó siendo el dueño que estaba sentando en frente viendo todo el show que había montado, pero que obviamente yo no lo había visto. El pobre Carlos ni hablaba porque yo tampoco dejaba con la algarabía, hasta que me pudo decir: “Doña Ana, vea al dueño ahí sentado”.

¿Pero porqué a miiiii? ¡Qué maldita ira! Y lo peor es que el cachorrito me dejó más despeinada de lo que estaba y me mando un mordisco a la yugular que casi muero desangrada en plena portería. ¿Pero a ver, quién me manda a distraerme con otras cosas cuando bajaba solo cinco minutos por un paquete?

¡Ay hola! ¿Tú eres el dueño del perrito? No sé de donde saqué fuerzas para saludarlo en semejante facha y ya nerviosa porque era un bizcochito recién horneado. ¡Ah no! tenía más dientes que una pelea de perros, blancos, perfectos, una cosa de locos. Alto, con unos 27 años diría yo y para acabar de ajustar; conversador y querido.   ¿Y yo? Hecha una porquería, seguro oliendo a cobija y con el perro a cuestas.

¿En qué piso vives? ¿Y eres nuevo? ¡Y divino tu perro y adiós muy buenas! “Carlos entrégueme el paquete tan amable que me tengo que subir pero ya”.

¿Pero por qué? ¿Y es que pintas? ¿Y en qué apartamento vives? Me subo contigo en el ascensor y así te despides de “Giro” ¡Sí, así como el Giro de Italia! Y me preguntaba para mis adentros: ¿No es suficiente ya? Pero untado el dedo, pues untada la mano.  Ya que estamos…

Los tres metidos en el ascensor y yo con ganas de llegar rápido, en ese espacio reducido que uno no sabe ni dónde mirar, ni que hacer y el otro diciéndole al perro que ya tenía una amiga nueva. Pero por fin se abrieron las puertas en el quinto y sólo alcancé a decir: “Chao, que estés muy bien, hermoso el perro”, porque no se me vio ni el polvero de lo rápido que salí. Y hasta el sol de hoy no me lo he vuelto a encontrar, porque mi Dios es muy grande.

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