Clinicazo

postmamaenfermaEsta vez  sí me vi al otro lado… aparte del mal que me aquejaba, con la salud pública que existe en Colombia, casi estiro la pata como vulgarmente se dice.

Llevaba varias semanas de estrés por variopintas situaciones y un “chicharrón” (dícese del problema que usted nunca acaba de solucionar) es decir, arregla una cosa pero le sale otra; como los mismísimos chicharrones, esos excedentes de carne de cerdo que se fritan y flotan con más de cuatro patas pero que depende del grasero le pueden salir hasta diez, ¡Pues así!  Súmele además cuanta porquería de dulce, harina y pastelería existe en este mundo ¡Ah! y una mala alimentación porque no tengo tiempo, porque vivo sola, porque no soy la experta en el menú gourmet, etc. Una combinación nada sana para un cuerpecito serrano como éste 😉

Él me lo venía advirtiendo como novio cuando quiere zapatear y aunque hago Yoga y camino más que una judía errante, no aguantó la presión y un domingo en la noche el estómago se rebeló, saqué hasta el bizcocho de la primera comunión y así sin parar tres días seguidos. Me visitó el médico dos veces pero aquí la susodicha estaba tan deshidratada y con demás síntomas, que tuvieron que llamar ambulancia y eche pa´la clínica mamita que si no, usted no lo cuenta.

Y aquí empezó Cristo a padecer, porque todo es burocracia, llamadas, autorizaciones, órdenes y demás; y una ambulancia que se pidió a las siete de la noche del lunes, llegó a las dos de la mañana del martes. ¡Esooo! Mi primera vez en semejante vehículo (que no se pierda el glamur) y como en las películas americanas me la imaginé tal cual, pero les juro que hubiera preferido irme caminando con tal maluquera que en esa caja de fósforos donde llega usted mas mareado de lo que se subió,  se le hace eterno todo, para nada cómoda (no exijo cama reclinable) pero algo más decente y con un frío que el Polo Norte es una maricada.

Llegué a Urgencias y me sentí como la protagonista de la canción de Juan Luis Guerra, “El Niágara en bicicleta”, tal cual. Si el artista me conociera, escribía la segunda parte seguro. La sala estaba a reventar ¿De dónde sale tanto enfermo oíste? Sólo un médico para evaluar y decidir cuáles eran los más urgentes y los que no, un portero que se creía dueño de la clínica y un par de enfermeras que en vez de haber estudiado Enfermería hicieron curso en mala leche y agresividad.

¡Evaluada! Es urgente, pase a sala para canalizarla. ¿A dónde? JUAAAA, que risa. La sala era un espacio pequeño con cinco sillas,  cuatro de ellas ocupadas y la quinta para mí: dura, sin una manta, con un baño al cual entraban pacientes más acompañantes y en una lentitud del personal, que no hay derecho. Y como Jesucristo, esa fue mi primera estación, donde a las dos horas de haber llegado y seguir sacando lo poco que quedaba en mi estómago, me canalizaron con suero y medicina para el vómito, pero seguía sentada. Ahí estuve muchas horas y conocí gente e historias donde ya lo mío era un simple dolor y sí pensé siempre que la salud pública en este país es una caca, en ese momento lo tuve claro. Y porque no tenía fuerzas para pelear por mis derechos, porque si no la historia hubiera sido otra.

¿Pero para que están las hermanas? Pues para pelear por uno y no dejarlo morir, porque mi pobre padre que llevaba conmigo ya casi un día en esas, le podía más el sentimiento que la ira. Y llegó aquella parte de mi sangre, uno de los pedacitos de mi vida como cual Wonder Woman a ver qué es lo que estaba pasando. Y “TÁ, TÁ, TÁ” como el difunto Profesor Jirafales y casi acaba hasta con el nido de la perra, y le dió sopa y seco a las enfermeras y tome vaciada usted por inútil, a usted por mala leche, a usted por desconsiderada con los pacientes y hasta el portero llevó.

Qué tristeza decirlo, pero “Lo peor de la rosca es no estar en ella”. Explicación para mis lectores extranjeros: (tener palanca, enchufe, tener conocidos que muevan influencias) Porque en estos casos es imprescindible, si usted no tiene salud pre-pagada lo dejan morir. ¿Y por qué no la tengo? Pues por dejada, por pagar otros “lujos”, etc. ¡No me regañen más! El caso es que nos tocó buscar a alguien para poder salir de esa sala, de esa silla y por lo menos poder ubicarme en una camilla en un cubículo hasta que hubiera habitación disponible.

En urgencias estuve un día completo, para luego pasar a una habitación compartida con  tres personas porque no había individual, pero a esas alturas de la vida me importaba un pepino, no era un hotel, necesitaba una cama y atención médica. Y esa fue mi tercera estación, cuatro días estuve ahí compartiendo enfermedad con otras tres señoras, muy queridas ellas, que como en una cárcel (digo yo) por lo del espacio compartido, baño, visitas, dolencias y hasta los partidos de La Copa América, se volvieron parte de mi vida diaria.

Ojo pues a la ubicación (de izquierda a derecha) y a los personajes:

Primera cama: “La Geidy”. Todo hay que decirlo, ¡una viejota! Amo los hombres, me gustan más que caminar en medias y así será hasta el fin de mis días, pero eso no quita que uno no pueda admirar la belleza de las demás mujeres. Altota, con un pelo largo divino y una personalidad arrolladora. Mejor dicho, cuando mi hermana no estaba, esa era la que peleaba por mí; porque vea a la niña se le acabó la medicina, no le han dado comida, etc. Le dio un trombo en una pierna y a diferencia de las demás no estaba amarrada a un suero, entonces era el bastón de todas. Hablaba duro, le gustaba ver TV a todo volumen, las visitas eran de a diez personas, le conocimos la familia entera: La suegra, la mamá, el novio, el hijo de 14 años, las primas. Durante los cuatro días solo trabajó, hizo llamadas, hizo pedidos, peleó hasta con el perro y el gato, pero ahí seguía, luchadora.

Segunda cama: “Miryam”. ¡Lo máximo! Mala carosa y de aquí me van a sacar como sea. Con síntomas como los míos y un colon más irritable que ella.

– “Y que dolor de estómago tan hp, me duele todo, pero apenas salga me como una buena carne”.

– “Veaaa sutanita,  ¿usted es que no sabe buscar o qué? Si ven pues a mi sobrina, me trae calzones y me deja sin brasieres. Pero cómo me traés eso, no ves que yo sólo uso brasileras”.

– “Estos si es que no sirven pa´nada, mete gol pues bobooooo”.

Tercera Cama: La mismísima ANA, autora del blog #asíomásdemalas, la que aguantó chuzones en los brazos, el estómago, sacadas de sangre, exámenes médicos, endoscopia, ecografía abdominal, TAC abdominal, suero, Ranitidina, Plasil, etc,. bla, pero la que compartió con sus tres compis de habitación, vio el partido Colombia-Chi chi Le le y casi muere again, aprendió la lección y tiene una dieta nueva,  lo peor… pero primero la salud que cualquier curva voluptuosa, primero la tranquilidad que cualquier parido(a), pariditos, grupo de pariditos y todo lo que se le parezca alterándolo todo y lo más importante: el relax, que como dice el otro amigo Juanes “La vida es un ratico”.

Cuarta cama: “Doña Inés”. Llevaba un mes y medio hospitalizada. Encantadora, como una abuelita que sólo provocaba abrazar. Tenía problemas del corazón y nada que le daban el alta. Las enfermeras, médicos, los de oficios varios y hasta las voluntarias, la conocían. Digamos que ya era parte de la clínica, o como yo le decía: “Ya tenía acciones en ella”. Le encantaban las novelas de la tarde y como a mí no me gustan mucho, no podía ver que llegara mi papá a visitarme porque ¡venga pa´cá! es decir, mi adorado padre quedó ducho en el asunto de las tramas de amor.

Pues eso mis queridísimos lectores, que me salvé porque mala hierba no muere, es una experiencia más de vida y para este blog al cual no veía la hora de llegar a plasmar mi nueva historia. Y siempre digo que “Antes muerta que sencilla”, pero creo que sólo por esta vez prefiero ser sencilla, porque sin salud no somos absolutamente nada.

 

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