La cerradura

Por fin pudimos ir a la finca que tiene alquilada mi hermana en Guatapé, municipio turístico al este de Medellín famoso por sus casas decoradas con bajorrelieves de colores y cerca del embalse artificial del Peñol, un centro de deportes acuáticos muy concurrido, donde los fines de semana no le cabe ni un alfiler porque está repleto de turistas tanto nacionales como internacionales; pero la casita queda en las afueras del pueblo gracias a todos los santos misericordiosos, porque a estas alturas de mi vida no me aguanto ningún tipo de tumulto ni me soporto muchas cosas de la gente y es tan horrible, que siento una dicha inmensa.

Después de preparar la ida muchas veces, porque es costumbre en Colombia aquellas típicas frases “Sí, tenemos que ir”, “Claro, ¿Cuándo vamos?” lo que significa puede llorar porque no vamos a ir, te carameleo pero olvídate baby porque no contarás con mi presencia; pues se hizo el milagro y se armó el paseo, ¡Empaque pues que nos vamos!

Los asistentes: Varios amigos, entre ellos una pareja de esposos que quiero con todo mi corazón y que a la doña señora la conozco hace más de 20 años, calcule pues el grado de amistad. El resto, también muy cercanos y obvio, de mis afectos.

La finca: Una casa tipo campesina pero con todo lo necesario. Una cocina antigua en las afueras de la casa lo mismo que el baño, que usted la piensa si en medio de la noche sus necesidades fisiológicas lo atacan. Tres habitaciones, pero una de ellas no ocupable porque la mitad de los utensilios para cocinar se encuentran allí incluida la nevera; en las otras dos, cama doble más camarotes. Está rodeada de mucho verde, una pequeña quebrada, vacas por donde usted mire e infinidad de bichos característicos del sector, menos lagartijas que no vi ni una porque este post no lo estaría escribiendo, solo un sapo grande verdoso que se coló en el corredor y fue el causante de los problemas que prosiguieron.

Tan amables cierran las puertas de las habitaciones para que el sapo y toda su prole no invada nuestro espacio y no nos toque a nosotros dormir afuera ¡Gracias! Y así fue, ubicamos el llavero que contenía unas 50 llaves de cada portón, cada ventana, cada cajón, cada closet… para poder cerrar; y esa argolla llena de instrumentos para abrir cerraduras era una guevonadita al lado del de la película “Los Otros” de Nicole Kidman, pero aun así, fuimos capaces de abrir todo después de casi dos horas de intentarlo.

Cerramos cada una de ellas y todas nuestras pertenencias quedaron adentro. Escuchamos música mientras conversamos y cenamos fondue, comida típica de Suiza que consiste en sumergir con un pincho pequeñas piezas de alimentos en líquidos calientes como aceite, queso derretido o chocolate en una pequeña olla de hierro fundido, ¡imagínense la elegancia! Vacas, monte y bichos, pero que no se pierda el glamour, hasta que nos venció el sueño.

Bueno mis queridos comensales, cada uno pa´su pieza, escoja cama, cobija y doble almohada en mi caso, para poder caer en los brazos de Morfeo. La pareja matrimonial, obvio había escogido el lecho conyugal que se encontraba en la última habitación, una bastante grande diría yo en la que descansarían perfectamente y podrían estar tranquilos porque en la otra cabíamos los demás.  Abrimos la nuestra y luego la de ellos… ¿Abrir qué? Si la cerradura no abría, no había poder humano, ninguna llave le servía, ni tratándola con fuerza ni haciéndole con cariño, ¡NADA! pero tranquilidad que esto lo solucionamos como sea, ¡Sí! ¿cómo? si las ventanas tenían rejas y la puerta no contaba sino con una pequeña abertura en la parte superior.

¡Tocó dañar la cerradura! dejé y verá que eso es muy fácil, más fácil arrodillar una gallina pues que quitar esa chapa; ni para un lado ni para el otro, ni dándole con martillo ni destornillándola, hasta que por fin cedió y ahí si se jodió del todo. Súbase usted en esa silla, tome un palo, métalo por la ventanita que tiene la puerta arriba y yo desde la otra ventana le voy avisando como va: “Más arriba, a la derecha, nooo para el otro lado, ya casi, ya casi, ahh no ya se volvió a salir” y así como 20 minutos hasta que decidimos tumbar la puerta.

Hemos visto muchos programas policíacos en nuestra vida porque pensamos que la tumbaríamos como hace el equipo SWAT cuando interviene en una vivienda  a las malas, pero resulta que ninguno era policía, había de todas las profesiones menos esa, pero lo intentamos. A ver Ana, usted y “Tales” cogen esa banca de madera que hay afuera, tómenla cada uno por un lado como si fuera un ariete (arma originada en épocas antiguas, usada para romper las puertas o paredes fuertes) y empiecen a darle con un buen ritmo para poderla tumbar. Yo no llevaba si no dos intentos y ya me quería morir, además esa puerta era como el Muro de Hielo de la serie Game of Thrones, no lo tumbaba ni el putas.

Y después de una hora de intentos, de cansancio, de idear maneras para solucionar el problema, de estar caídos de sueño y de no poder abrirla de ninguna manera, decidimos que lo mejor era llamar a un cerrajero… un sábado casi a las 01:00 a.m. pero ¡Ah! Había que intentarlo y lo peor de todo es que ¡contestó! “Claro, con mucho gusto yo voy, pero mañana temprano”, seguro andaba de juerga y nosotros embalados ¡No hay derecho!

¿Qué hacemos? Echen todos para la única habitación libre que queda, en todas las camas, arrunchados, los otros dos sin pijama y sin poder lavarse los dientes porque todo había quedado adentro y traten de descansar como puedan porque el marido de la mismísima gran amiga roncaba como tractomula averiada.  ¿Así o más de malas?

“Cesó la horrible noche” como versa una de las estrofas de nuestro Himno Nacional y buenos días para todos, vamos a llamar al cerrajero nuevamente. Y en menos de 20 minutos, un domingo muy 08:00 a.m. estaba cambiando la cerradura como si nada, facilito facilito y aquí está la llave nueva y ya pueden entrar.

No dormimos nada, pasamos la noche como sardinas enlatadas, yo me levanté molida de los brazos de darle a esa puerta como la Teniente O´Neill, se fue un buen dinero en el arreglo de la cerradura, pero que felicidad que pudimos ir a la finquita de Guatapé a la que llevamos tratando de ir hacía un año.

 

 

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Roble Oscuro

Y yo, que después de un post anterior titulado “Agarre sus corotos que vuelve y se va”pensaba que no volvería a mudarme de casa, aquí estoy nuevamente para contar mi última odisea como judía errante.

Después haber vivido cinco años en un apartamento como Dios manda, situado en uno de los mejores barrios de la ciudad, con todos los juguetes,  bonito, lleno de buena energía y un excelente precio por los lazos familiares que me unían con el dueño de éste; me tocó entregarlo y volver a arrancar a buscar donde vivir. En este caso estamos hablando de la décima casa en nueve años de estar viviendo nuevamente en Colombia.

Puye el burro porque debía buscar mi nueva morada en tan solo quince días, ¡hágame el hp favor! Y claro, con un presupuesto no muy alto porque recibir un sueldo que da para vivir con lo justo no es garantía, aun así, conseguí uno en el mismo barrio “play”, pero que si hubiera sabido donde iría  a caer este globo, desisto de mis aspiraciones y pido morada en cualquier casa de vecino.

Después de haber buscado mucho y con el desespero a cuestas,  me decidí por uno que el asesor de la agencia casi me lo vende y yo casi lo compro, en un solo bloque porque nunca me han gustado las urbanizaciones por aquello de los mil vecinos, los mil niños, los mil chismosos, la piscina mancomunada, etc. Era un séptimo piso, la ventana daba a una zona protegida, dícese una selva con quebrada incluida, llena de variopintos animales, una “tranquilidad” increíble y de fácil ubicación. El edificio se llamaba Roble Claro, pero por mis amargas experiencias vividas allí, por eso este post se llama Roble Oscuro.

¡Sí, lo quiero! Dije como a una propuesta de matrimonio, que en este caso no sería yo porque le huyo a tan digno sacramento, pero digamos que es un buen ejemplo. Mi afán era tal que decidí que ese debía ser el lugar aunque fuera la casita de la Barbie, porque tenía 35 metros cuadrados y no cabía sino lo justo. Usted entraba y a la derecha encontraba un armario donde iba la lavadora, que servía además de extendedero y al lado estaba el calentador de agua que desde que me mudé no servía para un follelli (dícese del lugar donde la espalda pierde su casto nombre).  La ropa se demoraba tres días para secarse y encima quedaba oliendo a húmedo, algo que puedo odiar con todas las fuerzas de mi alma.  Enfrente se encontraba la cocina, a un paso el baño con una mini ventana y después un solo espacio para poner la cama. El ventanal de lado a lado, dos closets uno en frente del otro y pare de contar.

Y como en el que vivía anteriormente era amoblado, pues calcule que no tenía si no la ropita y una mesa de vidrio que había comprado hacía unos años e iba conmigo a todas partes. ¿Y dónde voy a dormir? ¿Y con qué cubiertos voy a comer? ¿Y en qué me voy a sentar? ¿Y en qué voy a lavar? ¿Y dónde refrigero la comida? ¿Y de dónde saco la plata para amoblar? No ve pues que con solo lo que vale el formulario para el estudio del crédito, porque debe ser apto para asumir esa responsabilidad de pagar y el porcentaje que le quita la agencia por la gestión el primer mes de arriendo, usted ya quedó literalmente, tirado en la sucia carretera, sin un peso en el bolsillo.

¿Pero y entonces para que están las amigas? Vea amiguis, voy a remodelar la casa, ¿le sirve esta vajilla, esta mesa, este televisor, estos cuadros, estos adornos y este sofá cama para que duerma mientras compra un cambuche para dormir? ¡Obviooo sí! ¿Cuándo paso a recoger los corotos? Y la familia, esa que aunque usted esté en la inmunda no lo abandona nunca, pues mi hermana, la que me salva cada rato de situaciones variopintas ¿pues cómprese una mini nevera, total, para ese espacio tan pequeño apenas es! Yo le regalo la mitad de lo que vale. ¿Y uno qué dice? Pues que sí. Y así tuve mi minibar, al que no le cabía sino una caja de huevos, un frasco de jugo, dos paquetes de arepas, un queso y unas pocas verduras. ¿Lavadora? Ah no mona, ahora no hay forma y lavaba los domingos en la casa de mi santa madre, salía con mi bolsa llena de ropa más encartada que un mueco con un bolis, pero por lo menos tenía que ponerme y limpia.  Y así con infinidad de objetos del hogar mientras me iba haciendo a mis cositas.

Digamos que estaba medio instalada y viviendo en condiciones normales, pero empezó Cristo a padecer el pimer viernes después de haberme mudado porque el vecino del piso de arriba, que acabó con el ser de luz que yo era, con la poca paciencia que me quedaba y la tolerancia; puso la música  a todo taco de 4:00 a 11:00 p.m., horario permitido en este país,  pero que es mejor unirse  a la fiesta que mandarlo a callar.   Y así sucesivamente todos los jueves, viernes o sábados, donde retumbaba en las paredes de mi humilde hogar y que ni con tapones o audífonos se dejaba de oír. Quería enloquecer, darme látigo con espinas incluidas o rodar escaleras abajo, además pisaba duro, se le caía todo, hacía ruido a más no poder y ni les cuento como era en la intimidad y obvio no conmigo.

Pero esa no era la única joya, el de enfrente fumaba marihuana desde que se levantaba hasta que se acostaba, ah y muy bueno pa´el que andaba tan bacaniao, que se fume todo lo que quiera pero con la puerta cerrada. La vecina del lado tenía dizque un “cascabel” por aquello de las buenas energías, pero ¡mentira!, eso era un cencerro, abría y cerraba el día entero y el tilin, talán, tolón, era insoportable. Y ustedes dirán ¿pero no soportás es nada mi querida Ana, podrías ser más tolerante? Y juro que hice el esfuerzo, pero estoy segura que si hubiera sido el inquilino cualquiera de ustedes, acaban con el edificio entero.

A eso hay que sumarle que las bolsas para la basura (negras, verdes y transparentes) que repartía la administracion mensualmente y se dejaban en la puerta de cada apartamento desaparecían mes por medio, es decir, un mes tenía y otro no. ¿Qué pasaba? Vaya usted a saber… ¿Y Los olores? Esos aromas a cebolla con tomate, ajo y demás especias que se filtraban por el baño de las cocinas contiguas no tenían precio. Y yo, maniática de los aromas sufría imparablemente y no se que era peor; si dejar el ambiente natural o mezclar perfume, con antiolores y fósforo ventiado.

Pero lo que más llegó a acabar con mi salud mental fueron las minilagartijas cafés, esos seres de la naturaleza a los que les tengo la fobia más grande, que paralizan mi corazón y no de amor, que me provocan crisis de ansiedad y locura; entraban por todas partes sin pedir permiso. Eran una epidemia, salía del baño y ya había una muy oronda mirándome fijamente desde la cocina, salía de la cocina y había una parqueada en la ventana, cerraba la ventana y había una en el closet explayada, cerraba el closet y se estaba metiendo otra por debajo de la puerta y así por todas partes sin respetar. Y no se sabía cual sufría más, si ellas o yo con el escándalo montado. Hasta que decidí que debía vivir en un bunker, sellar las dos únicas ventanas que tenía el miniapartamento y casi vivir asfixiada sin un solo ápice de aire que me permitiera respirar. Y dicho y hecho, selladas con cinta para embalar nunca más se volvió a entrar ninguna, pero eso sí, vivia en la más completa humedad, muerta de calor y en una burbuja que me desesperaba cada día pero el miedo me podía más.

¿Y qué como vivía? Con un temperamento de los mil demonios, irascible, intolerante, odiaba llegar a mi casa, me provocaba acabar con cuanto vecino me encontraba en el ascensor y quería salir corriendo de un sitio donde tenía un contrato de un año y apenas llevaba tres meses, solo les digo pues que donde hubiera tenido que cumplir ese tiempo no cuento la historia, así de sencillo. Y obvio todo ese encierro tenía que hacer mella en mi salud, además porque los hijos de su chingada madre de la agencia me dejaron tres meses con el calentador de agua averiado, agua fría fue la que volié durante mucho: meta un pie, luego el otro, esquive con la espalda el chorro, ponga la cabeza de lado y baño de gato mija porque no daba pa´más. Y esa mezcla de humedad y duchas a baja temperatura hicieron que mi nariz tuviera ciertos problemas, problemas que aproveché para que mi médico de cabecera me hiciera una excusa que decía que si no me iba de ese apartamento, practicamente perdía el órgano del olfato. Y eso fue lo que salvó mi vida y mi salud mental, hablé con el encargado, le hice llegar todos los documentos médicos y muy amables me acaban el contrato a los seis meses y no al año porque si no se van de demanda.

¡Soy libre hp! Se puede ir a los seis meses bien pueda, haga usted de cuenta que estuviera cumpliendo una condena y ya iba a salir casisito. Como cual rea tachaba los días y contaba las horas, empaqué mis pertenencias con un mes de anticipación y las cajas estaban pegadas de la puerta para salir en el momento preciso. Y así fue, lo entregué el 27 de diciembre del 2018, pagué hasta el último peso de lo que fuera a quedar por ahí pendiente porque no quiero volver a saber de la agencia, del edificio y sus habitantes.

Y empecé a buscar otra vez donde vivir, sería ya la casa número once. Muy enfocada en encontrar la indicada pero es muy difícil, creo y siento que debo vivir en el monte en una cabaña aislada y sin vecinos porque no soporto la tirada de puertas, los inquilinos gritones, los que hacen ruido por todo, los taconeos a primera y última hora del día y demás maricaditas varias. Dirán ustedes “Estás muy cansona y no soportás es nada” y sí, tienen toda la razón, no soporto es nada. Amo el silencio, no quiero vivir más en comunidad de vecinos, quiero estar en el campo rodeada de vacas, perros, gatos, animales de monte y tranquilidad. ¡Qué vea que allá si hay lagartigas! Me importa más la evolución del rábano, prefiero mil veces compartir con ellas que con cualquier inquilino o habitante de la casa del lado.

Ahora vivo en otro apartamento más grande y con más comodidades, pero lleno de gente a los lados otra vez y así será por un año más que dura el contrato de arrendamiento, ¡si lo soporto! porque tengo una obra al lado que está acabando con mi salud física y mental, perfectamente por la cercanía podría ser la capataz o pasarles uno a uno los adobes a los obreros ¿Qué por qué lo arrendé con ese problema? porque cuando visité el lugar era hora de almuerzo y no estaba ni Dios que se supone está en todas partes; y al preguntar a la dueña la explicación fue otra muy diferente, la gente que es así en este país “el vivo vive del bobo” y en este caso la segunda fui yo. Creo que pronto habrá otra mudanza y esta vez, espero, que sea pal monte para vivir en medio de la naturaleza.

 

 

 

 

 

Sin remitente

Yo, que nunca he sido muy amante de los regalos sin remitente, porque no me gustan los secretos ni que me quieran a escondidas, recibí uno sin esperarlo y en el lugar menos indicado. Además, parta de que soy bajo perfil y la mayoría de las cosas me gustan sin alborotos y lo más normalito posible.

Como varios de mis lectores saben, aparte de ser periodista dicto clases en una universidad de la ciudad donde imparto algunos cursos a más de un centenar de estudiantes, llevo varios años allí y por ende, la mayoría me conocen puesto que a muchos les he dado clase desde el primer semestre. Me gusta tener una buena relación con ellos pero siempre con respeto y desde esa delgada línea entre profesor y alumno que pienso no debe romperse. Muchos dicen que soy “cuchilla” y que no tengo corazón, por el contrario, otros, si bien reconocen lo exigente que soy, creen que si tengo sentimientos; sentimientos que afloraron el día que recibí un regalo inesperado en plena cafetería del lugar.

Tenía clase muy temprano, solía llegar antes para desayunar tranquilamente e irme luego al salón. Como todos los jueves, me senté sola en una de las mesas del restaurante a comer y a revisar notas. Después de diez minutos de estar ahí, se me acercó un señor que jamás en la vida había visto, llevo tiempo trabajando en la U y conozco a casi todo el personal que allí labora. Estaba merodeando y haciéndole preguntas a los empleados de la cafetería y señalándome, por lo que pensé: ¿Este quién será, de donde habrá salido? ¡Qué querrá por Dios! ¿Será el padre de algún estudiante que perdió la asignatura y viene a reclamarme, a decirme cuántas son cinco, a qué le devuelva la platica o la dignidad de su hijo(a)? ¡Ilumíname señor, devélame su identidad!

Y más nerviosa me puse cuándo en un tono serio me preguntó: ¿Es usted la profe Ana? (Con apellido incluido), un apellido que no es muy común en esta ciudad y que solo lo tengo yo en el sitio donde trabajo. ¡Aquí fue! Morí sin poder despedirme de nadie, me van a llevar presa seguramente por alguna equivocación, (pero si yo no he hecho ningún daño por ahí que me acuerde…), ¿quién habrá perdido más de un curso conmigo? Yo no debo ni un solo peso, ¿será que fue alguno que sin querer le dije la cruda verdad en la cara y no lo soportó? ¡Qué angustia!

¡Sí, soy yo! Respondí valientemente dispuesta a todo, ¿Qué necesita? A lo cual respondió:

– Ah profe, es que hay un regalo para usted: ¡Un desayuno!

– ¿Cómo así? Yo ya desayuné. Usted debe estar equivocado

– ¡No! ¿Es usted Ana tal? Se lo pregunto por segunda vez

– Sí, la misma que viste y calza

– Pues sí es para usted, ya comprobé su identidad e inmediatamente se lo traigo

¡Trágame tierra! ¿Por qué para mi, en una cafetería universitaria, donde la mitad de la gente me conoce y sin saber quién es el remitente?

Y en menos de un minuto apareció nuevamente el personaje con una bandeja de madera tipo mesita, llena de flores (que por cierto no me gustan) porque me huelen a cementerio y se marchitan muy rápido; pero sí debo decir que eran muy bonitas: unos girasoles muy amarillos ellos y un par de rosas acabadas de cultivar porque muy rozagantes si estaban. Y parece ser que el admirador o admiradora, porque en esta época cualquiera se puede enamorar de usted, pensará que soy fitness porque estaba llena de una alimentación muy saludable: barras de cereal, yogurth y frutas, bueno, también era un desayuno, ¡digo yo! pero ni un solo postrecito o chocolatico con lo que me gustan.  Y la cereza del pastel: Un león de peluche muy sonriente que al hundirle el estómago rugía, que como las flores, tampoco me gustan, ¡Sí, ya sé! soy una mujer poco convencional, pero igual lo recibí con mucho gusto.

Seguía incrédula ante tal situación y volví a preguntar: ¿Señor, usted está seguro que esto es para mi? Vea, por favor reflexione, piense, haga memoria y verá que está equivocado. El mensajero a punto de explotar de un ataque de desespero me lo reconfirmó y con un tono de “Ya no me la aguanto más señora”, me indicó que leyera la tarjeta que venía con la bandeja. La abrí y cuál fue mi sorpresa al ver mi nombre plasmado con una dedicatoria que me dejó en shock. Y ahí si empecé como cual Mata Hari a mirar por lado y lado a ver quien estaba escondido detrás de cualquier muro, pared, valla, mesa, silla o árbol, observando todo lo que estaba pasando, porque los demás comensales que estaban en la cafetería ya se habían dado cuenta y a lo mejor el o la autora de semejante regalo, andaba por ahí espiando mi reacción.

Para acabar de ajustar, el mensajero me pidió el gran favor que si me podía tomar una foto con el desayuno para la evidencia ¿Y qué más podía decir si él estaba cumpliendo con su trabajo? Pues ya me “banderió”, ¡Hágale que hps! Y pelé los dientes para la posteridad, le agradecí y me quedé sentada en la mesa con mi regalo sin saber que hacer…

Era hora de la clase y no me daba tiempo de llevarlo al carro para guardarlo, el parqueadero queda muy lejos de la Facultad y no podía retrasarme, mis estudiantes tenían parcial y si alguna vez en la vida no he llegado en punto, ha sido por motivos muy ajenos a mi voluntad. Tuve que salir con mi desayuno para la sala de profesores y los pocos que allí se encontraban comenzaron a decirme: “Felicitaciones profe, que belleza de detalle, que cumplas mucho años más”. ¡Pero si yo no estoy cumpliendo años! les decía, ¡No me feliciten más y hablen bajito! Y entonces dé explicaciones, que mire, que vea, que era que había sido un admirador secreto, que ni idea quién… pero el tiempo estaba encima y debía irme, el chisme pa´después ¿bueno?

La bandeja no cabía en mi mesa de trabajo y lo único que se me ocurrió fue llevarla a la recepción para que una de las auxiliares que allí trabaja la metiera debajo de su puesto hasta que terminara mis clases y pudiera irme con el regalo a la casa. Y tampoco había tiempo para explicarle de quién era y porqué motivo me lo habían dado, solo guárdelo ahí mamita que tengo afán.

Se acabó la jornada laboral y fui a recoger mi de detalle, lo cargué en mis brazos como un tesoro y salí rumbo al parqueadero en medio de la mirada de todos los que por ahí estaban, pensando y sospechando de cada rostro que me miraba porque ahí podía estar el o la autora del mismo. Pero no, ninguno se acercó para dar la cara y hasta el sol de hoy no se quién fue.

Estimado admirador o admiradora, si estás leyendo este post aprovecho la oportunidad para agradecerte semejante regalo, me siento muy halagada, el mensaje de la carta estuvo muy bonito y arrasé con todo lo que contenía la bandeja menos con las flores y el peluche. Y aunque es muy satisfactorio saber que hay personas por ahí de incógnitas que uno les atrae o lo admiran, no me gustan este tipo de situaciones y me siento incómoda; prefiero mil veces un face to face, un par de pantalones o de ovarios bien puestos que te digan lo que sienten, (yo que soy así, directa y a la yugular) y ya se sabrá que hacer;  si hay estrellón pues nada que hacer, en la vida nos pasará muchas veces y si no, pues quien quita que de ahí pueda surgir algo.

Por eso mis queridos lectores, muchos estarán de acuerdo conmigo en que aunque es un bonito detalle no fue lo más apropiado o por lo menos en mi situación porque no era el lugar ni el momento, además prefiero las cosas de frente y bajo perfil. Como otros podrán decir que soy una desagradecida, que a cualquier mujer le encantaría recibirlo y que no aprecio que aun existan admiradores secretos, pero para gustos los colores y en este caso, para mi, fue una situación #asíomásdemalas

 

¡Y era el mismo!

Ya sabemos que mi vida es una coincidencia diaria y esta historia no podía ser la excepción. ¡Normal! Si es que fue a mi a la que me pasó, pero aunque sigo pensando: Maldita sea, ¿por qué yo siempre? Creo que de alguna manera ya me estoy acostumbrando.

Hombres, hombres, hombres… he escrito mucho sobre ese género que me enloquece, con el que me doy látigo, con el que me estrello, vuelvo y me levanto, me gusta siempre la misma piedra aunque me rompa la cabeza y quede como Frankestein llena de suturas, pero es que son un imán incontrolable y que le vamos a hacer.

En uno de mis espacios de soledad, de necesito un tiempo porque quedé hasta las narices de la anterior relación, de pensar que bueno descansar un ratico y disfrutar la tranquilidad… ¡juro que estaba dispuesta! Apareció un morenazo con barba de aquellos que me gustan y ahí si la meditación, el autocontrol, el crecimiento personal se fueron al carajo. ¿Qué hacemos pues si es que ellos no dejan? Aparecen así como por arte de magia, de la nada, ahora no lo ves ahora sí lo ves y queda uno más enredado que cometa de mocho, aunque he de decir que éste tuvo “que remar mucho” porque yo estaba como reacia, pero finalmente caí. Digamos que no es que estuviera muy entusiasmada, me gustaba más que caminar en medias eso sí, pero la verdad no me interesaba una relación seria, aún así de cabezas fui a dar en el bendito enredo.

Que vea que conteste que la estoy llamando, que vea por qué no nos hemos vuelto a ver, que vea que usted por qué se mantiene tan ocupada, que vea que si es que ya no quiere salir conmigo, que mire que es que yo la extraño ¡Ah! ¿Y en que momento me casé pues con este man? Si es que desde el principio puse todo muy claro, porque me tocó aprender a las malas desde el último batacazo que me di por no decir las cosas como eran, porque cuando usted sí quiere ellos no quieren y cuando usted no quiere ellos sí ¿Entonces?

¿Entonces? Que un día que yo estaba muy tranquila sentadita por ahí en cualquier parte para no banderear el lugar donde acontecieron los hechos, se me acercó una mujer a desahogar sus penas porque el chisme que me tenía era la bomba. ¡Ah no marina, cuente a ver! Y empieza la susodicha a soltar una historia de padre y señor mío de un enredo que estaba teniendo, con intimidades a bordo gráficas y todo que me sentía más hablando con Esperanza Gómez (popular actriz colombiana dedicada a la bien pagada y famosa industria porno), que con la mismísima conocida con la que hablo de infinidad de temas banales.

La escuchaba tranquilamente, con mente abierta, con alegría por ella porque se le notaba la emoción y uno pues como apoyo moral debe vivir ese mismo sentimiento, hacer caras de felicidad, expresiones y hasta gritar de exaltación: “No querida como así, n o t e l o p u e d o c r e e r”. Hasta que la alegría se me fue convirtiendo en asombro, en un no se si reír o llorar, en un me tiro loma abajo o me revuelco aquí mismo, en un me quiero latigar con rosario de espinas, en un pensar por dentro: “mucho hp”, en un lo mato, la mato o me mato, en detenerme con tranqulidad y pensar: Dismulá güevona y hacéte la que no lo conocés… porque sí, ¡era el mismo! el mismo con el que estaba saliendo de vez en cuando, el mismo que me hacía reclamos y el mismo con el que estaba protagonizando la película porno mi queridísima conocida. El mismo porque con nombre y apellidos, edad, ocupación, descripción física y demás, supe quién era, además porque con mis dotes de periodista Mata Hari, aproveché el suceso y empecé a aplicar las 5 W de la noticia y terminé de sacarle toda la información, obvio sin que se diera cuenta, porque además soy actriz frustrada y bastante he aprendido a ser histriónica.

Yo no lloro no más me acuerdo como dicen por ahí, porque luego de terminada la conversación me dio un ataque de risa que me duró como dos horas, la otra no entendía pero yo sí me entendía, no daba ni rabia, solo pensaba en que era un buen motivo para quitármelo de encima y que tenía una nueva historia para mi blog.

¿Y cómo terminó la historia? Yo, más feliz que el chavo del ocho ganándose la lotería, el man voló para la mismísima porra sin saber porqué y a la amiguis no le duró el cuento porque el otro no volvió a aparecer. Sin tener ninguna culpa la pobre, pero eso sí, nunca se dio cuenta que había sido “el mismo”, solo hasta ahora que lea tan delicioso y revelador post.

Perdóname querida, pero a veces hay cosas que no valen la pena revelar.

 

 

 

“Bendiciones”

Después de un largo período sin escribir por varios motivos que me quitaban más tiempo que un novio intenso, aquí estoy de nuevo para hablar sobre un tema que me tiene altamente preocupada. He de aclarar que respeto mucho las creencias de los demás y la religión, cada uno verá a quien idolatra, en quién cree o a quien le reza, mi intención no es ofender a nadie aunque a veces mi sarcasmo me lleve a lo contrario, pero… ¿Me pueden explicar cuál es el viciecito de decir por todo “bendiciones”?

Es que decirlo me parece muy bien, gracias por la bendición impartida así quede uno más bendecido que al agua del bautizo y como dice mi hermana, la palabra tiene poder y hay gente que vive de la fe, pero que se convierta en la frase preferida de los hombres de ahora, eso sí me intranquiliza.  Lo viví en carne propia hace poco tiempo y no una sino dos veces que me parece excesivo, además, que me toque a mi por cansona con el tema, ya tiene mérito.

Conocí a alguien en un evento de la ciudad. Muy adorado él, muy de la casa y de parte aseada como dicen por ahí. Con cierto interés hacia mí soltó la jauría de perros y yo que andaba con cierta “tusa” encima, dícese de un despecho el hp, con dolor de alma, de corazón partío, que uno no sabe si dejarse crecer las venas o cortárselas; pues le paré bolas, le puse atención y le di la oportunidad.

Y así fue la historia: El susodicho salió por un volao y  me llevó a tomar la sabia decisión de alejarlo de mi vida. Y se preguntarán: ¿Pero Ana, porqué sos así? ¡Dejá de ser paridita! Paridito el vicio de estar mencionando a Dios todo el tiempo, es que les digo pues que más que saliendo con un man, me sentía con el párroco de la iglesia de la esquina y haga de cuenta como si practicara el sacramento de la confesión, de la confirmación y todos los demás, menos el del matrimonio.  ¡Ah no! Qué pena pero bien puedan y que les presenten a Sor Rita porque Santa Ana no soy. Está muy bien que me deseen el bien, que el señor se apiade de mi alma, que Cristo esté presente en mi corazón y de verdad yo se los agradezco, pero uno de salidita con alguien y que el otro le esté diciendo a uno todo el tiempo “Gloria a Dios” en vez de cómo estás de mamacita hoy,  te he pensado esta vida y la otra, vos si estás mejor que un bulto de gomitas de ositos rojos, o chao princesa, muñeca, mi amor, como le dé la gana de decirle; pero que las palabras de despedida y otras en general sean: “Bendiciones”, “Que Dios te bendiga”, “Que el Señor te lleve con bien”… no faltaba más.

Y yo me pregunto: ¿Acaso tengo cara de ser la más católica, la más piadosa, la más religiosa? ¡NO! No lo soy, creo en Dios, le oro a mi manera y aunque me siento bendecida, más no afortunada (por aquello del yate y el setentón), no es el estilo de hombre que quiero. Me alegro mucho por ustedes que los iluminó con todo su ser, que entró en sus vidas para catolizar a los demás, lo respeto y avemaría bendito sea el señor, pero hay muchas mujeres que necesitan más evangelización que yo.

Por eso… Yo los bendigo con amor y los libero de mi vida.

Amén.

 

¡Ay Doctor!

588611_640pxIr a una cita médica a la EPS se ha convertido en la más grande promesa que usted pueda estar pagando en su vida, pero todas esas penitencias que he tenido que sufrir a lo largo de siete años que llevo registrada nuevamente en la salud de este país, por fin se vieron “recompensadas” de alguna forma.

Me han tocado muchos médicos a lo largo de este tiempo. Unos asignados y  otros escogidos; porque renuncian (no me extraña), porque no me han tratado bien y se ganaron su cambiazo, o porque se han independizado. Hasta que por fin tengo una médica hace más de dos años, quien me atiende como se debe y hasta los caprichos me lleva.

Y ustedes pensarán ¿Por qué se ganan el cambiazo? Pues porque esa alzadita de voz o el trato de “subnormal” con el paciente, no se le tolera a nadie. ¿Qué está muy ofuscado porque vea niña es que nos ponen citas cada 20 minutos? ¿Qué vea qué son estas horas de llegar a la cita, pero usted si tiene que esperar como un condenado a que lo atiendan? Pues DE MALAS, a usted cada mes le exprimen de lo lindo la platica precisamente para eso, para que pueda disfrutar de la belleza de “salud” de este país, entonces usted se merece lo mejorcito.

Hubo un tiempo en que la EPS era como mi casa,  no me faltaba si no el sleeping bag y quedaba lista. De tantos ires y venires pues uno ya va conociendo el personal o los va identificando y con estos ojos tan contentos que tengo pues ni modo, cayó en ellos un médico que hágame el hp favor.  Y en tres años que lo empecé a ver, ahí sí no hubo cambiazo ni la mía se quería ir, estaba más contenta que testigo de Jehová en una fábrica de puertas (sin ofender) y de allá no la saca nadie.

Hace mucho tiempo no iba a una cita, pero tuve una urgencia y la pedí por internet. No había con mi doctora hasta después de una semana y de aquí a eso, ustedes ya están tomando tinto de cuenta mía. El sistema indicaba que solo había una para el día siguiente a primera hora de la mañana pero  debía ser con otro profesional  y ante la necesidad la tomé.

Llegué justo a la cita y no me había ni registrado cuando ya el otro me estaba llamando por megáfono a todo pulmón para que entrara al consultorio. Ese día sí; cogida del tiempo, sudando, acelerada y como una loca, me atienden en punto. Agitada toqué a la puerta número 5 y al entrar ¿qué es lo primero que veo? Al bombón del médico al que llevaba echándole el ojo hacía varios años. ¡Explíqueme esta pues!

Me río, lloro, le digo que es lo único que salva a esa EPS, entro, me devuelvo, me voy pa´ la casa, me baño y pido cita otra vez… Ya no sabía si era “Así o más de malas” o “Así o más de buenas”.  ¡Y ay Dios mío que caló! Pero entre mija porque ya no se puede hacer nada más.

Y empiece a soltar los males que entre lo que usted padece en ese momento y lo que tiene al frente, lo primero es una güevonada. Y como buena paciente conté todo y me dejé revisar, pero cuando estaba sentada en la camilla tomándome la presión, el galeno me sale con la siguiente perla: “Yo a vos te conozco y en alguna parte te he visto”. ¡Ah no, ahí me terminaste de matar! Se dio cuenta que le montaba la perseguidora cuando venía aquí a consulta, ahora sí apague y vámonos.

¡Noooo! Yo no sé de donde, ni idea, si te he visto no me acuerdo, estás equivocado. Pero él insistía y lo repetía hasta que soltó la siguiente frase: “Ya sé quien sos, fuimos compañeros en primer semestre de la universidad”. Un poquíto desubicado él, de Periodismo a Medicina, pero en ese instante los males se me triplicaron.

Me tiré de esa camilla porque para mi la consulta ya había acabado, no hay derecho que no me acuerde de semejante bizcocho y además, tenga que pasar por ésas. Hasta ahí me llegó la dicha de que me atendiera en vivo y en directo porque no supe que más decir, sólo: “Mil gracias y me alegra mucho volverte a ver”. A lo que respondió con una sonrisita de oreja a oreja: ¿Volverme a ver? Pero si ni siquiera te acordabas de mí.

 

 

 

Clinicazo

postmamaenfermaEsta vez  sí me vi al otro lado… aparte del mal que me aquejaba, con la salud pública que existe en Colombia, casi estiro la pata como vulgarmente se dice.

Llevaba varias semanas de estrés por variopintas situaciones y un “chicharrón” (dícese del problema que usted nunca acaba de solucionar) es decir, arregla una cosa pero le sale otra; como los mismísimos chicharrones, esos excedentes de carne de cerdo que se fritan y flotan con más de cuatro patas pero que depende del grasero le pueden salir hasta diez, ¡Pues así!  Súmele además cuanta porquería de dulce, harina y pastelería existe en este mundo ¡Ah! y una mala alimentación porque no tengo tiempo, porque vivo sola, porque no soy la experta en el menú gourmet, etc. Una combinación nada sana para un cuerpecito serrano como éste 😉

Él me lo venía advirtiendo como novio cuando quiere zapatear y aunque hago Yoga y camino más que una judía errante, no aguantó la presión y un domingo en la noche el estómago se rebeló, saqué hasta el bizcocho de la primera comunión y así sin parar tres días seguidos. Me visitó el médico dos veces pero aquí la susodicha estaba tan deshidratada y con demás síntomas, que tuvieron que llamar ambulancia y eche pa´la clínica mamita que si no, usted no lo cuenta.

Y aquí empezó Cristo a padecer, porque todo es burocracia, llamadas, autorizaciones, órdenes y demás; y una ambulancia que se pidió a las siete de la noche del lunes, llegó a las dos de la mañana del martes. ¡Esooo! Mi primera vez en semejante vehículo (que no se pierda el glamur) y como en las películas americanas me la imaginé tal cual, pero les juro que hubiera preferido irme caminando con tal maluquera que en esa caja de fósforos donde llega usted mas mareado de lo que se subió,  se le hace eterno todo, para nada cómoda (no exijo cama reclinable) pero algo más decente y con un frío que el Polo Norte es una maricada.

Llegué a Urgencias y me sentí como la protagonista de la canción de Juan Luis Guerra, “El Niágara en bicicleta”, tal cual. Si el artista me conociera, escribía la segunda parte seguro. La sala estaba a reventar ¿De dónde sale tanto enfermo oíste? Sólo un médico para evaluar y decidir cuáles eran los más urgentes y los que no, un portero que se creía dueño de la clínica y un par de enfermeras que en vez de haber estudiado Enfermería hicieron curso en mala leche y agresividad.

¡Evaluada! Es urgente, pase a sala para canalizarla. ¿A dónde? JUAAAA, que risa. La sala era un espacio pequeño con cinco sillas,  cuatro de ellas ocupadas y la quinta para mí: dura, sin una manta, con un baño al cual entraban pacientes más acompañantes y en una lentitud del personal, que no hay derecho. Y como Jesucristo, esa fue mi primera estación, donde a las dos horas de haber llegado y seguir sacando lo poco que quedaba en mi estómago, me canalizaron con suero y medicina para el vómito, pero seguía sentada. Ahí estuve muchas horas y conocí gente e historias donde ya lo mío era un simple dolor y sí pensé siempre que la salud pública en este país es una caca, en ese momento lo tuve claro. Y porque no tenía fuerzas para pelear por mis derechos, porque si no la historia hubiera sido otra.

¿Pero para que están las hermanas? Pues para pelear por uno y no dejarlo morir, porque mi pobre padre que llevaba conmigo ya casi un día en esas, le podía más el sentimiento que la ira. Y llegó aquella parte de mi sangre, uno de los pedacitos de mi vida como cual Wonder Woman a ver qué es lo que estaba pasando. Y “TÁ, TÁ, TÁ” como el difunto Profesor Jirafales y casi acaba hasta con el nido de la perra, y le dió sopa y seco a las enfermeras y tome vaciada usted por inútil, a usted por mala leche, a usted por desconsiderada con los pacientes y hasta el portero llevó.

Qué tristeza decirlo, pero “Lo peor de la rosca es no estar en ella”. Explicación para mis lectores extranjeros: (tener palanca, enchufe, tener conocidos que muevan influencias) Porque en estos casos es imprescindible, si usted no tiene salud pre-pagada lo dejan morir. ¿Y por qué no la tengo? Pues por dejada, por pagar otros “lujos”, etc. ¡No me regañen más! El caso es que nos tocó buscar a alguien para poder salir de esa sala, de esa silla y por lo menos poder ubicarme en una camilla en un cubículo hasta que hubiera habitación disponible.

En urgencias estuve un día completo, para luego pasar a una habitación compartida con  tres personas porque no había individual, pero a esas alturas de la vida me importaba un pepino, no era un hotel, necesitaba una cama y atención médica. Y esa fue mi tercera estación, cuatro días estuve ahí compartiendo enfermedad con otras tres señoras, muy queridas ellas, que como en una cárcel (digo yo) por lo del espacio compartido, baño, visitas, dolencias y hasta los partidos de La Copa América, se volvieron parte de mi vida diaria.

Ojo pues a la ubicación (de izquierda a derecha) y a los personajes:

Primera cama: “La Geidy”. Todo hay que decirlo, ¡una viejota! Amo los hombres, me gustan más que caminar en medias y así será hasta el fin de mis días, pero eso no quita que uno no pueda admirar la belleza de las demás mujeres. Altota, con un pelo largo divino y una personalidad arrolladora. Mejor dicho, cuando mi hermana no estaba, esa era la que peleaba por mí; porque vea a la niña se le acabó la medicina, no le han dado comida, etc. Le dio un trombo en una pierna y a diferencia de las demás no estaba amarrada a un suero, entonces era el bastón de todas. Hablaba duro, le gustaba ver TV a todo volumen, las visitas eran de a diez personas, le conocimos la familia entera: La suegra, la mamá, el novio, el hijo de 14 años, las primas. Durante los cuatro días solo trabajó, hizo llamadas, hizo pedidos, peleó hasta con el perro y el gato, pero ahí seguía, luchadora.

Segunda cama: “Miryam”. ¡Lo máximo! Mala carosa y de aquí me van a sacar como sea. Con síntomas como los míos y un colon más irritable que ella.

– “Y que dolor de estómago tan hp, me duele todo, pero apenas salga me como una buena carne”.

– “Veaaa sutanita,  ¿usted es que no sabe buscar o qué? Si ven pues a mi sobrina, me trae calzones y me deja sin brasieres. Pero cómo me traés eso, no ves que yo sólo uso brasileras”.

– “Estos si es que no sirven pa´nada, mete gol pues bobooooo”.

Tercera Cama: La mismísima ANA, autora del blog #asíomásdemalas, la que aguantó chuzones en los brazos, el estómago, sacadas de sangre, exámenes médicos, endoscopia, ecografía abdominal, TAC abdominal, suero, Ranitidina, Plasil, etc,. bla, pero la que compartió con sus tres compis de habitación, vio el partido Colombia-Chi chi Le le y casi muere again, aprendió la lección y tiene una dieta nueva,  lo peor… pero primero la salud que cualquier curva voluptuosa, primero la tranquilidad que cualquier parido(a), pariditos, grupo de pariditos y todo lo que se le parezca alterándolo todo y lo más importante: el relax, que como dice el otro amigo Juanes “La vida es un ratico”.

Cuarta cama: “Doña Inés”. Llevaba un mes y medio hospitalizada. Encantadora, como una abuelita que sólo provocaba abrazar. Tenía problemas del corazón y nada que le daban el alta. Las enfermeras, médicos, los de oficios varios y hasta las voluntarias, la conocían. Digamos que ya era parte de la clínica, o como yo le decía: “Ya tenía acciones en ella”. Le encantaban las novelas de la tarde y como a mí no me gustan mucho, no podía ver que llegara mi papá a visitarme porque ¡venga pa´cá! es decir, mi adorado padre quedó ducho en el asunto de las tramas de amor.

Pues eso mis queridísimos lectores, que me salvé porque mala hierba no muere, es una experiencia más de vida y para este blog al cual no veía la hora de llegar a plasmar mi nueva historia. Y siempre digo que “Antes muerta que sencilla”, pero creo que sólo por esta vez prefiero ser sencilla, porque sin salud no somos absolutamente nada.

 

Empaque sus corotos que vuelve y se va…

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Mudanza: cambio que se hace de una vivienda o de una habitación a otra, que consiste en trasladar los muebles y enseres al nuevo lugar de residencia.

Uno cree que cambiarse de habitación, casa, ciudad o país a veces no es tan complicado;  porque los cambios son buenos, porque la novedad es lo máximo, porque que dicha gente nueva, etc., pero siendo objetivos, es como si usted estuviera pagando una promesa, mejor dicho, sale más fácil irse de rodillas hasta donde el señor caído de Girardota, que planear y realizar una mudanza.

Desde que tengo uso de razón estoy empacando cajas y maletas, digamos que he sido como “judía errante” y me he movido más que los gitanos. Sin ser muy exacta, hasta los 25 años que me fui de Colombia viví en once lugares por lo menos y en otras latitudes ni les cuento.  Y al regresar después de un buen tiempo, súmele diez casas más.  En total, en los años que tengo de vida, he ocupado 33 hogares.  ¡Qué cansancio!

Tres países,  cuatro ciudades y 33 casas… ¡Ahora lo entiendo todo! Por eso soy inconstante, me aburro fácilmente y soy tan reacia a enamorarme. Lo dicho, la rutina no es lo mío. Y creo que así será hasta el fin de mis días, porque como dicen por ahí “el que es, no deja de ser” y si quiera ahí para, porque creo que de esta vida mundana, derechito pal lugar aquel maravilloso a pasar la eternidad.

Cuando uno vive en su país de origen todo es más fácil porque tiene familia, está más pudiente para contratar camión de trasteo, le ayudan los amigos y hasta le suben todo al sitio nuevo, pero hágame el favor en otra parte del mundo donde usted es estudiante, no tiene mucha capacidad económica y le toca pasarse en metro. Pues esa tuvimos que hacer recién llegados a Madrid el galán respectivo y yo, menos mal la mudanza fue entre dos, pero aún así cargar corotos, cajas, mochilas y hasta televisor de una estación a otra, no es nada maravilloso.  Lo bueno era que no había que pasar  cama o muebles, pues por lo general alquilan los apartamentos amoblados; porque ahí se hubiera podido parar en las pestañas Don Señor y me quedo sin un euro durante un año, pero ni loca me echo un colchón a cuestas y me paseo la capital española.

Y para más “Inri”, cuando estábamos ya instalados en el nuevo nidito de amor, a ver pues ¿dónde está aquello? ¿Lo otro? ¿Lo que tenía en tal cajita? Resulta y acontece que a la belleza de novio se le había olvidado cargar unas o varias cositas y las dejó en la puerta del anterior edificio;  y como es común que la gente tire lo que no le sirve o no le gusta en muy buen estado, los ciudadanos sin ningún reparo moral o apariencia alguna si les agrada se lo llevan, pues más avispado el que pasó, lo vio y pensó que era para tirar y como Pedro por su casa pues se lo llevó.

La costumbre no paró ahí, porque me cambié de Madrid a Barcelona y así sucesivamente de apartamento. Y el último trasteo en España me lo hizo una amiga muy adorada ella en un Fiat que solo cabían las maletas y pare de contar, calcule entonces ¿Cuántos viajes tuvimos que hacer? Porque ahí ya no era estudiante, ya trabajaba y tenía mis “propiedades”, poquitas pero las había comprado yo: la cama con colchón incluido, la bicicleta, el televisor, la mesa de noche, los libros, la ropa… y cuando hablo de ropa no era una maleta, ¿recuerdan que alguna vez les conté que soy compradora compulsiva? Entonces ni pa´que les digo.

Luego me fui a Londres y me tocó pagar un sobre cupo que “yo no lloro no más me acuerdo” y al volver tuve que dejar la mitad y regalar la otra. ¡No hay derecho! Pues, de las aerolíneas que no dejan llevar es pero nada. Y volví a Colombia ¿y pueden creer que aún tengo cajas en Barcelona? Aprovecho este post para agradecerle a mi gran amiga Mónica que tan amablemente, tan querida, tan bella ella, me ha guardado mis cosas durante seis años… ¡Moni, te puedes quedar con todo!

Y ahora sigo entendiendo… creo que mis problemas de bíceps y manguito rotador no se deben al sacrificio que durante horas le dedicaba al gimnasio, ¡no! Estoy segura que son de cargar maletas, subirlas, bajarlas, empacar cajas, llevarlas, traerlas y demás. Porque no sólo fuera de Colombia me tocó semejante “dicha”, cuando regresé seguí en las mismas: de un sitio para otro, sola, con compañero, sola otra vez, con roommates y así hasta que decidí que paraba y no me movía más: porque el estrés me estaba matando, el cansancio me podía y las fisioterapias las estaba empezando a odiar. Y aún teniendo ayuda para mover mis cosas; el empacar agota, tener llenos los cuartos útiles de familia y amigos es conchudez, el volver a poner la ropa en un closet mata, el colgar cuadros acaba, el acostarse a las tantas porque faltó esto y lo otro es como para darse látigo. Llevo seis años de haber vuelto y ya he habitado nueve casas. En la actual llevo dos y medio y espero sea mi morada por un tiempo más hasta que vuelva y tenga fuerza para seguir andando, o no.

El perro del vecino

descargaEmpezamos muy bien el 2016: Conozco al vecino más bizcocho que he tenido en la vida y en circunstancias de ¿Así o más de malas?

No puede ser que casi nunca me encuentre a alguien en el ascensor o portería del edificio, para el día que estoy como una loca, sin peinar, desarreglada, con la pinta dominguera y peor aún, ¡sin bañarme! me encuentre a semejante bombón.

Debía bajar quisiera o no a recoger algo,  pero un domingo ¿Quién va a estar por ahí loliando? “Yo voy a bajar como estoy, total, son sólo cinco minutos”.  Y heme ahí muy subida en el ascensor de pelo recogido tipo moña, el pantaloncito negro de lycra de hacer deporte, la camisilla negra (por lo menos iba conjuntada) y hágame el hp favor; de Crocs amarillos. ¿Qué dijo ella? Aquí no vive nadie, la única inquilina soy yo, aprovechemos bajamos sin bañarnos y llena de pintura, porque andaba en menesteres del hogar.

Y al llegar a la portería lo primero que vi fue un perro de pocos meses, una cosita que no provocaba si no comérselo a besos y yo, amante de los perros a morir, me enfleché hacia el can para acariciarlo. Obvio también le empecé a hablar como si me entendiera mucho:

¿Ay quenessss uno amocho, lindo de este edificio? ¡Ay! ¿Pero usted de donde salió tan divino? Cochita linda, gordo pechocho. ¡Ay! ¿Desde cuándo usted es uno vecino, príncipe que le ganó a todos los perros de aquí? ¡Lindooo carajo!

Después de tan efusivo saludo, le di los buenos días al portero y hágame el favor Carlos me dice de quién es esta grosería tan hermosa, que si no, me lo subo pero ya mismo para el apartamento. Y la grosería tan hermosa resultó siendo el dueño que estaba sentando en frente viendo todo el show que había montado, pero que obviamente yo no lo había visto. El pobre Carlos ni hablaba porque yo tampoco dejaba con la algarabía, hasta que me pudo decir: “Doña Ana, vea al dueño ahí sentado”.

¿Pero porqué a miiiii? ¡Qué maldita ira! Y lo peor es que el cachorrito me dejó más despeinada de lo que estaba y me mando un mordisco a la yugular que casi muero desangrada en plena portería. ¿Pero a ver, quién me manda a distraerme con otras cosas cuando bajaba solo cinco minutos por un paquete?

¡Ay hola! ¿Tú eres el dueño del perrito? No sé de donde saqué fuerzas para saludarlo en semejante facha y ya nerviosa porque era un bizcochito recién horneado. ¡Ah no! tenía más dientes que una pelea de perros, blancos, perfectos, una cosa de locos. Alto, con unos 27 años diría yo y para acabar de ajustar; conversador y querido.   ¿Y yo? Hecha una porquería, seguro oliendo a cobija y con el perro a cuestas.

¿En qué piso vives? ¿Y eres nuevo? ¡Y divino tu perro y adiós muy buenas! “Carlos entrégueme el paquete tan amable que me tengo que subir pero ya”.

¿Pero por qué? ¿Y es que pintas? ¿Y en qué apartamento vives? Me subo contigo en el ascensor y así te despides de “Giro” ¡Sí, así como el Giro de Italia! Y me preguntaba para mis adentros: ¿No es suficiente ya? Pero untado el dedo, pues untada la mano.  Ya que estamos…

Los tres metidos en el ascensor y yo con ganas de llegar rápido, en ese espacio reducido que uno no sabe ni dónde mirar, ni que hacer y el otro diciéndole al perro que ya tenía una amiga nueva. Pero por fin se abrieron las puertas en el quinto y sólo alcancé a decir: “Chao, que estés muy bien, hermoso el perro”, porque no se me vio ni el polvero de lo rápido que salí. Y hasta el sol de hoy no me lo he vuelto a encontrar, porque mi Dios es muy grande.

Medellín-Bogotá-Caracas-Madrid

Hace días en una conversación familiar surgió el tema de la situación actual de Venezuela, e inmediatamente me acordé de la súper historia de uno de mis viajes Bogotá-Madrid, el cual me tocó hacerlo con AVENSA; aerolínea venezolana que suspendió sus actividades desde el 2002. Después de 59 años prestando sus servicios, finalizó sus actividades gracias al señor todo poderoso, porque esa odisea de viajar con ellos no se la deseo ni a la suegra del que sea, porque yo en este momento no tengo.

Necesitaba volver a España en diciembre del 2001 y obviamente por la época no había vuelos, pero así fuera en burro tenía que viajar; llevaba varios meses fuera del país y se vencería mi residencia. No encontré en Avianca ni en Iberia, en las que usualmente compraba tiquetes. Ni haciendo de 1 a 10 escalas  en cualquier lugar del mundo, ni en primera clase así me tocara vender todo, todito, todo, ni teniendo los archi-amigos en las aerolíneas, no habían cupos.

Fue tal mi desespero que en una agencia de viajes me consiguieron un vuelo (Medellín-Bogotá-Caracas-Madrid) en una aerolínea venezolana llamada AVENSA. “Si señora muy buena ella y usted viera el precio, sólo hace escala en  la capital y se demora las mismas 11 horas. Cómprelo que es la única manera”.

¡Y lo compré!  Salí de Colombia el sábado y llegué a España el lunes.  El viacrucis es una guevonada (con el perdón de los católicos, románicos y apostólicos) porque para empezar, cuando llegué a Bogotá la fila del checking  le daba la vuelta a la manzana ¡lo juro! casi tengo que llevar sleeping bag porque el vuelo estaba muy retrasado y cuando digo “muy” es  nivel Dios. Nueve horas que no son poquítas, nos tocó esperar en el aeropuerto. Ningún empleado de la aerolínea decía nada y por nada hay manifestación si no sale una azafata a decir: “Qué vergüenza, el vuelo está retrasado”. ¿Ah sí? ¡No jodás!

Nos enviaron para un hotel a dormir y poder viajar al día siguiente. No nos dieron ni comidita, nos ubicaron de a tres en una habitación y ni les cuento la belleza de room-mates que me tocaron. ¿Así o más de malas? Y cuando pudimos pegar ojo, nos llamaron a las 3 a.m. que ¡upa pues! que nos íbamos otra vez para el aeropuerto. Les juro que me provocaba devolverme para Medellín y perder mi residencia, pero no tener que seguir en esa odisea como si estuviera pagando una promesa.

¡Ya pueden abordar! ¿Si, con cual pasa-bordo? “No niña es que este es un vuelo chárter y las sillas no están numeradas, usted verá donde se hace o le toca”.  Ahí si me provocaba llorar a moco tendido y darme látigo. ¿Porqué a mi? ¿Yo que hice? ¿Como soy de buena persona, ciudadana, hija, hermana, amiga y demás? ¡No lo entiendo!

No pude tirarme a escoger sitio para sentarme, fue superior a mí. Que importa si me toca al lado de los servicios o montada en el ala superior derecha, pero no corro como si hubiera rebajas de temporada para conseguir una silla, total, todas eran iguales. No había primera clase, ni ejecutiva ni nada que se le pareciera. Hágase de cuenta un bus, así mismito. Y claro, me tocó en la porra, ubicada al lado del baño y sin espacio donde meter mi maleta de mano. Pesadilla sin fin número diez, más o menos.

Y por fin despegamos, que alegría ahora si directico a Madrid. ¡Uhhh si, como no! Si es que nos faltaba la escala en Caracas, que para colmo de males había huelga de pilotos y nos tuvieron en el  Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar  una hora y media dentro del avión y sin aire acondicionado. Hacía un bochorno, un calor, un desespero, una ira y unas ganas de acabar hasta con el nido de la perra que ni les cuento.  Ahora si fijo, fijo, me estaban cobrando todas las cosas juntas, hechas en una vida pasada.

Llevaba ya dos días viajando y mi familia supo la última vez de mí en Bogotá, ¡hágame el favor! Creo que estaban pegados del techo y preguntándose: ¿A ver, Ana iba para Madrid o para el Triangulo de Las Bermudas? ¡Dónde está esta niña! Y mi tío que me esperaba en el aeropuerto de Barajas el domingo, le tocó devolverse porque el vuelo que había salido el sábado no llegaba si no hasta el lunes.  Si es que me hubiera demorado menos viajando Colombia-Laponia Finlandesa y sin paradas.

Ya no podía más; el cansancio, el hambre (porque comida maluca y la de ese avión), la gente que viajaba, más los que se subieron en Caracas, me tenían hasta el moño. Yo sólo quería pisar la Península Ibérica lo antes posible, bajarme de ese vuelo chárter y maldecir a Avensa toda mi vida.

 

 

Hugo en Londres

imagesLa primera vez que salí de Colombia viajé a Inglaterra para realizar un curso intensivo de inglés. Joven e inexperta, asustada por tantas horas de vuelo, por llegar a un aeropuerto desconocido con dicha nacionalidad  y sin hablar el idioma, es un buen comienzo de historia para #asíomásdemalas

La ciudad escogida fue Londres, una de las capitales más visitadas de Europa, encantadora aunque uno muera de frío. Cuenta con cantidad de museos, galerías de arte, eventos, restaurantes, teatros, etc. Es decir que nunca hay tiempo para aburrirse. Multirracial, convive gente de muchas culturas que hablan tropecientos mil idiomas distintos y usted ve personas hasta de un solo ojo. Además, tiene el mayor sistema aeroportuario del mundo según el tráfico de pasajeros, entre esos yo, recién desempacada de Suramérica.

Arribé con mi grupo de compañeros que irían al mismo instituto, con las carticas de la embajada, los pagos del curso y la matricula del college. Todo muy legal y en orden, pero apenas usted pisa tierra inglesa, siente ese frío que pela y ve los policías de la aduana que parece hubieran hecho curso de mal genio y máster en caca a la N potencia, ya le entra el pánico.

Empezamos mal… Me tocó la peor agente de inmigración de la vida 😦 Me preguntó hasta de que me iba a morir, me repetía las preguntas una y otra vez en diferente orden y me revolcó la maleta de una manera que casi me toca ponerme a vender la mitad de las cosas en el aeropuerto porque no volvió a cerrar.   Llegué a las doce del día a Heathrow y salí a las tres de la tarde que me soltó Miss Sympathy. Por supuesto, la persona que debía esperarme y llevarme a la casa de la familia inglesa se fue y me dejó tirada en la sucia carretera ¿y qué más podía hacer? Pues sentarme a llorar, hasta que una azafata de la aerolínea con la que había viajado y contratado el servicio, se apiadó de mi y llamó a otro conductor.  Por fin llegué y empecé mi vida londinense, mi curso de inglés, mis experiencias e historias dignas de contar, una de las cuales es la protagonista de este post.

Después de clases solía ir con mis compañeros a comer algo a un bar cercano. Mi pedido siempre era suave, pero un día me dio por probar un buen queso francés; ¿y dígame usted? uno acostumbrado a su comidita casera, el arrocito blanco de Yamile la empleada de la casa, las sopitas, el queso Colanta, la arepita, etc., pues cualquier alimento diferente que probara segurito me iba a caer mal. ¡Ah pero yo me lo zampé!

Todo iba muy bien hasta que al cabo de unas horas me empezaron las náuseas, esa maluquera que se siente cuando se sabe que ingirió algo que no debía, ese escalofrío que recorre hasta el último pelo que tiene en el cuerpo, el sudor frío, la cara la tenía del color del queso que me había tragado y no sabía si cortarme las venas o dejármelas largas. Era una sensación horrible y en la calle para acabar de ajustar. Me quedaban largos minutos para llegar a mi casa, pero aún así me subí al metro.

Este transporte público londinense a cualquier hora que usted lo utilice se encuentra a reventar, además tiene como 583mil estaciones, líneas, sub líneas, ramificaciones y toda la gama de la paleta de colores; pero era el que me llevaría a mi hogar porque en un taxi me hubiera tocado mínimo vender el billete de avión de vuelta a Colombia para pagarlo.

Era invierno, mediados de enero, parecía una cebolla con el montón de capas de ropa que tenía encima y con la maluquera a cuestas, ¡calcule pues! Y entre todo eso llegó el momento de la verdad, aquel queso francés que tan suculentamente me había comido no quiso estar más en mi estomago y decidió que me abandonaba; y yo hice hasta lo imposible para que no me dejara, esfuerzos, respiré profundo, apliqué técnicas de yoga, caminé de un esquina a otra y ni así el muy maldito me hizo caso y las nauseas y ganas de expulsarlo todo fueron superiores a mí.

Y ahí, en medio del metro de Londres, en un vagón lleno de gente, con una sensación de me voy a morir…. Empecé a llamar Huugoooo y  expulsé el queso violentamente por la boca, aquel que estaba tan acomodado en mi pancita salió sin pedir permiso volviendo todo un caos.

Ni una bolsa, ni ná de ná para que cayera adentro, ¡Nada! No tenía, estaba sola, muerta de vergüenza, con la chaqueta, la camisa, los zapatos, todo, todito, todo emparamado. El suelo hecho una melodía, la gente sin mirar gracias a Dios -digo yo que escuchando solamente el name de Hugo- porque a ellos no les importa lo que hagan los demás, ahí no estaba ocurriendo nada! No quiero ni imaginarme si me pasa en el de mi ciudad…

¿Y ya después del regalo obsequiado al Underground de esa hermosa ciudad, qué más podía hacer? Pues tirarme en voladora en la siguiente estación y resolver como volvía a mi casa. ¡Y llegué! Oliendo a mil demonios y con sensaciones encontradas: ¡Ay que ira, ay qué pena, ay que maluquera!  Y sin una libra en el bolsillo porque finalmente en semejante estado, me tocó tomar un taxi.

La bolsa o la virtud

descargaLa palabra atraco significa robar o asaltar y éste es uno de los delitos más comunes en el mundo. Su autor material -dícese el hijo de su fucking mamá- es conocido además como ladrón, delincuente, malandrín, caco, maleante, chorizo, bandido, carterista, atracador, rata, malhechor, manilargo o asaltante.

El sujeto quiere apoderarse descaradamente de los bienes que uno dispone como objetos de valor, aparatos electrónicos, el auto, entre otros; pero no contento con arrebatarle a usted lo mucho o poquíto que lleve, es tan descarado que el atraco va acompañado de amenazas, fuerza, intimidación e insulto. ¿Qué tal pues?

Se supone que la lucha contra ésta modalidad de quitarle a uno las cositas es una de las principales prioridades de la policía, pero usted no está eximido –como en los exámenes del colegio- que en algún momento pueda ser víctima de ello. A veces por imprudencia, casualidad, por de malas, o porque le tocaba.

Le sugieren que debe intentar estar lo más tranquilo posible, no hacer movimientos  bruscos y facilitarle la vuelta a este parido entregándole lo que pide, pero a veces es imposible controlar esa calma porque uno no sabe cómo reaccionará y más si usted tiene carácter fuerte como el mío.

No es lo mismo que lo intente atracar un musculoso bandido de 2 metros y 200 kilos que uno de 1.60 metros de estatura. Con el primero ya perdió el año, a menos que usted sea Karate Kid III; y con el segundo, al que usted puede dominar  más fácilmente –digamos-  le saca un arma, cuchillo, navaja o lo que sea que corte o hiera, y ahí si no hay nada que hacer. Pero el que me tocó hace un par de días perdió porque no pudo conmigo. Sé que fue una imprudencia de mi parte pero la ira e indignación se apoderaron de mí, me convertí en la versión femenina de Hulk y tome pa´que lleve.

Uno de amable para no ser maleducado contesta a lo que se le pregunta en la calle, pero de ahora en adelante puede ser Mr. President y ni así vuelvo a modular. El señor con presencia normal y trepado en una bicicleta, me abordó para preguntar una dirección a eso de las siete de la noche, a unos pocos metros de mi casa y con soledad como única compañía.

– El Bandido: ¡Pts señorita! ¿Usted sabe dónde queda tal edificio?

– La Víctima (o sea yo): No señor, ni idea. En esta calle no hay ninguno con ese nombre.

– El Bandido: ¿Y por esa por donde usted va?

– Yo: ¡Tampoco!

Y seguí mi camino… pero en menos de un segundo el tipo estaba encima,  con mi brazo izquierdo en su poder diciéndome las siguientes palabras:

– “No señorita (hasta decente el HP) ¿Es que sabe qué? Yo lo que tengo es una necesidad…”

No lo dejé ni acabar de hablar cuando ya le había torcido el brazo con mi otra mano y el grito casi lo deja sordo. En medio del caos mental alcancé a pensar: ¿la necesidad será económica o física? Y olvídese pues, si la primera me indignó, la segunda mejor dicho me provocó fue plantarle la bicicleta en la cabeza.

Y yo que soy tan fan de la Wonder Woman, me tomé muy a pecho el fanatismo y me creí Linda Carter por un momento; le volteé la mano sin soltarlo y a grito herido le dije: “A mí NO me vas a atracar ni hacer nada grandísimo hijo de la que sabemos” y salí corriendo con la intención de cruzar la calle e ir hasta la portería del edificio del frente, pero pude recapacitar y paré, porque si me tiraba como una loca me atropellaba un auto y ahí si no hicimos fue nada.

Me di la vuelta para saber que debía hacer y el maldito siguió en su bici calle abajo, ni se devolvió ni ná de ná, creo que no esperaba semejante reacción de una dulce y tierna mujer como yo 😉

Iracunda y vaciando al ángel de la guarda seguí caminando, con un dolor de cabeza que me iba a matar y una herida en el brazo que me dejó como recuerdito con las uñas que me imagino brillaban de la limpieza 😦 pero  pude llegar sana y salva a mi destino.  Y aquí sigo….¡dando guerra!

Ana cae por primera vez y de narices

Semana Santa, ese momento litúrgico  intenso del año en el que muchos católicos se dedican a la oración y la reflexión. Yo no estuve exenta de participar en alguna ceremonia propia de ese tiempo, porque confieso que aunque creo en Dios y es el motor de mi vida, poco o nada asisto ahora a dichas celebraciones, sobre todo por el tema multitud que no soporto ni haciendo el sacrificio ni pagando cualquier penitencia. Y como el blog se llama “Así o más de malas” se les tiene la historia, porque no me salvo ni en la Semana Mayor.

Era el año 1989, una de esas típicas épocas sagradas muy lluviosas donde no para de hacer frío y los canales nacionales no dejan de repetir la misma película de la vida de Cristo. El jueves santo decidí que iría a misa de 12 porque la niña más bien perezosa para ese tipo de eventos debía cumplir con los mandamientos del Señor y como también era una época más bien de rebeldía necesitaba una limpieza espiritual. Me fui a la iglesia que estaba a pocas calles de mi casa con la firme intención de cumplir con mis obligaciones como católica, pero sabiendo perfectamente que estaría llena de gente, niños llorando, bancas a reventar y esa mezcla de olores característica de humanidad.

Dicho y hecho: ¿Había dónde acomodarse medianamente? ¡No! ¿Acaso le cabía un alma a la bendita iglesia? ¡No! Entonces opté por quedarme de pie en la entrada rodeada de muchas personas que estoy segura, sentían la misma sensación de calor y desespero que yo. Al entrar me encontré con un primo que estaba unas bancas más adelante, saludo de lejos y cara de “lo siento reina pero aquí no cabes”. Igual se percató de mi presencia y al salir ya nos saludaríamos como se debía.

Comenzó la eucaristía y digamos que oía la mitad y veía la otra, porque tumulto había y mucho.  Todo iba bien hasta que empecé a sentir una “cosita” que me subía y bajaba de los pies a la cabeza, un no sé qué en no sé dónde, una sensación de qué fue esto tan horrible, me va a dar un “soponcio”… salí hacia el parqueadero  pero más me demoré en cruzar la puerta que en caer al suelo como una tortilla, de narices y más mareada que camisa blanca secada al sol.

Sólo se escuchó un golpe seco, porque aunque sabía que el desmayo se veía venir, alcancé a oír el batacazo y luego no supe más de mi hasta que en medio de la multitud vi una cara conocida y pensé: “Este no es Dios ni por el hp pues”. Era el mismísimo primo que al sentir el ruido miró hacia atrás y presenció como la “pariente” se iba de bruces y salió en bombas de fuego en mi ayuda, a cargarme cual héroe americano para llevarme a urgencias mientras la gente murmuraba, el párroco interrumpía la misa por culpa de la desmayada y a mí me dolía todo.

Según el médico de turno me había dado un bajón de presión por el calor y el sofoco del lugar y aunque estaba más aburrida que celador sin radio, si estaba muy agradecida porque me había rescatado alguien conocido y la cosa no había sido peor. Y desde ese maravilloso momento no asisto a aquellas ceremonias tan solemnes y prefiero hacer mi propia Semana Santa interior.

 

De la gastroenteritis y otros demonios

jugo-gastrico-6Y heme ahí como una condenada abrazando la taza y llamando a Hugo… (dícese vómito en el argot popular)

Según fuentes consultadas aquí por la mismísima autora, la gastroenteritis es una inflamación de la membrana interna del intestino causado por un virus, una bacteria o parásitos. Se transmite a través de alimentos o agua que estén contaminados. Dicen que la mejor prevención es lavarse las manos frecuentemente, pero yo creo que por ese lado no fue porque soy maniática de esa acción.

El médico dice que tuve que haber comido algo mal lavado para que se diera semejante intoxicación, pero… yo rebobino y no encuentro el dichoso alimento. La verdad y sin ser analista de exámenes médicos, la causa no fue uno solo, fueron muchos. Y a pesar de la cantaleta por parte de familiares y amigos lo confieso: ¡Nunca en una semana, había comido tanta porquería junta!

Mi objetivo siempre ha sido no bajar de peso, no me gusta estar delgada como un palo y me produce un genio de los mil demonios. Si reinas, ¡lo sé! Todas quieren adelgazar y tener este cuerpito serrano que la naturaleza me dio con el don de no engordar rebosadamente y bajarlo todo en quince días, pero yo prefiero un poquito más de “carnes”. Como dicen por ahí: “Donde hay carne hay fiesta”.

Y andaba flacuchenta y como soy adicta a los dulces, postres, pasteles, azúcar, chocolatinas y al rey del mundo mundial, el arequipe; pues me dediqué a lo que llamo “La dieta de engorde”, sólo que se me fue la mano porque subir de peso si lo hice, pero tanta chuchería no la aguantó el estómago y como buen dueño de casa si usted está estorbando o no paga cumplido, bien pueda y se me larga de aquí. Y así sucedió, todo eso que había comido con tanto gusto tuvo que coger sus corotos y salir en bombas de fuego por donde más fácil le quedara antes de que lo mandaran a desalojar.

Empezó la odisea. Aguanté y aguanté hasta que no pude más y me tocó llamar a la hermanita para que si es tan amable con esposo incluido vienen  a buscar a la mayorcita que está viendo el túnel y ni se alcanza a despedir si Hugo no la suelta.

Salga para urgencias pálida como un papel, con nadita de fuerza, indispuesta, maluquera, sueño y  el “voy pal baaa”….cuando ya no había nada que hacer y con un accesorio muy importante: la bolsa plástica, porque eso no avisa, es de un momento a otro sin respetar lugar, horario ni fecha en el calendario. Y como mi lema siempre ha sido “Antes muerta que sencilla” ni crean que cogí la primera bolsa que encontré, ¡pues cómo!  ¡Ah no,  de plástico si pero de marca! Muy enferma si estaba, pero el glamour no lo había perdido todavía.

¿Y que ven mis ojos cuando llego a urgencias? ¿A esa hermosa EPS donde solo se ve gente y más gente? ¿Esa que le saca a usted todo el sueldito mensual pero que lo deja casi que morir esperando una cita o una atención prioritaria? Pues que un concierto de Madonna era una bobadíta al lado del gentío que había para atender. Y entonces ahí fue donde pensé: “Este es el fin, me arrepiento de todas esas chucherías, sanduches, pizzas, malteadas, tortas, helados y demás manjares que me comí, pero me voy al más allá con más dulce que un bulto de gomitas. Adiós, lo quise mucho a todos”.

Pero como tengo una hermana que no me deja morir y que me cuida más que si fuera la hija boba, pues arranque para la clínica que esto lo vamos a pagar particular. Y la cosa fue muy distinta; bien pueda acuéstese en esta camilla y le vamos a poner por vía intravenosa esta bolsa de no sé cuantos litros de suero, esto para el dolor abdominal, aquello para las nauseas,  tápese con esta cobijita, le vamos a hacer análisis y no se oía ni el zumbido de una mosca.

En esas estuve hasta las 3 a.m., me salvé y sigo dando guerra, pero ahora que lo pienso y recuerdo con más empeño, creo que todo esto fue provocado por un jamón de pavo que había comido a la hora del almuerzo y sabía como raro.

¡Y casi doy a luz!

Una amiga me compartió un link que abrí más que inmediatamente, pues sólo con leer el título me sentí identificada. “I’m Not Pregnant. It’s Just My Belly”, escrito por Brittany Policastro profesora de Yoga y pensé en mi hermosa “pancita” que tanto quiero, que es parte de mi y que como a Brittany, algún comentario sobre ella me produjo sensaciones contrarias.

Cuenta que decidió salir con su novio y para la ocasión se “enfundó” en un vestido de rayas blancas y grises que se aferró a ella como un koala a un árbol. Mientras esperaba a su galán, un hombre de unos 40 años que pasaba le sonrió y le dijo sin anestesia: ¡Te ves genial! ¿para cuándo nace?  Y me acordé de mi historia en un banco de la ciudad, situación en la que no sabía si reír o llorar, que me tragara la tierra, cachetear al caballero o aprovecharme de la situación.

Salí de la oficina temprano para ir a hacer una diligencia monetaria y cuando digo monetaria no era para sacar los millones, al contrario, era para quedar más lichiga, porque pregunto yo: ¿De dónde sale tanta cuenta por pagar? ¿Eso les pasa a todos o es que yo estoy tirada en la mera chanda?

La fila le daba la vuelta a la manzana sin exagerar, situación normal en este país y como es “Así o más de malas” no falta el mensajero delante de uno con las mil nominas para ingresar,  la señora que está haciendo la transacción al extranjero y hay que verificar hasta de que se va a morir, o la cajera que es nueva y está aprendiendo con supervisor incluido al lado.

Tenía puesta una camisa azul cielo que había comprado hacía poco. Ancha que caía tipo cortina y con un lacito para amarrar atrás. Que pena pues con ustedes pero a mí me parecía divina, además que la maldita no la compré barata.   Aunque he sido delgada y el ejercicio es parte de mi vida más por salud que por otra vaina estética, es normal que la  barriguita aparezca de vez en cuando, sobre todo si es después de comer y ese día tenía el Michelin viviendo conmigo.

Me puse a hacer fila como buena ciudadana pero me ubiqué en una postura de “que cansancio, me desparramo y me da igual” porque faltaba mucho para llegar y había que hacerse la vida más relajada. ¿Y quién me iba a decir a mí que ese abdomen salidito que las mujeres tanto odiamos, me iba a ayudar a ser la primera de la taquilla?

Estando en mi posición de espera y con un calor de aquellos, un señor de la fila preferencial se acerca y me dice:

– Bien pueda señora, pase adelante que usted debe estar aquí.

Y pensé: ¡No! ¿pero qué es esto, así estoy hoy de guapa y mamacita?

-No señor, tranquilo, ¿pero por qué?

-Es que en su estado, como va a hacer usted esta cola tan larga, ¡Ni riesgos!

Y  me fue dando un no sé que en no sé donde, un torrente de emociones diferentes subían y bajaban por mi cuerpo, la confusión predominaba… ¿Cómo así? ¿Cuál estado? !Si es puro colon irritable! Y como nunca he luchado con eso, al contrario bromeo y digo que cada cual se pone silicona donde quiere, aproveché la oportunidad y sin ningún tipo de vergüenza le dije:

– Gracias caballero, hombres como usted no se ven hoy en día, claro que le acepto el turno, ¡Mi Dios le pague, que belleza!  Y para que la escena fuera más creíble, me puse las manos en la cintura y saqué más estómago. Como quien dice, estoy que rompo fuente.

Un abdomen plano y una cintura estrecha son el sueño de toda mujer y en la  ciudad en la que vivo es requisito number one, parece ser una regla que me la paso por el forro, !así tal cual! Pero es obvio, ¿Cómo no va a ser mejor tener una figura esbelta y lucir como una abeja reina? no tengo ningún problema en que las mujeres quieran ponerse en forma y perder grasa de la mal llamada panza,  pero también creo que no es primordial para ser linda. Seguir el canon de la sociedad que siempre está dele que dele con el temita  me parece duro,  pero cada quien tiene una definición muy diferente de belleza, que estemos de acuerdo o no con las normas es otra cosa.

Pero además indagando, chismosié que la energía de esa zona se conecta a nuestra sexualidad, dinero, placer y nuestra capacidad de flujo. Para las mujeres, esta parte es el centro sagrado donde tenemos vida y sin embargo, hemos sido condicionadas para taparla y casi que ahogar a la pobre, porque dígame usted por ejemplo cuando se va a tomar uno la foto: “Espereeeeeeeeeee yo escondo barriga”.

La vanidad está bien y tener un cuerpo súper, también; pero la celulitis va a llegar algún día, las estrías, las llantas, banano o michelines, como les quieran decir van a aparecer. A ver, el cuerpo glorioso no es para toda la vida ¿listo?  Por eso después de un tiempo y unas cuantas respiraciones, me da la misma risa cuando se me hincha el vientre por cualquier motivo (llenura, colon irritable, ansiedad, retención de líquidos…) y decidí dejar ser libre a mi barriguita.

Sólo amistad

amoresimposibles-21434¿Quién no ha conocido alguna vez en la vida a alguien que se haya enamorado de un catalogado como imposible? “Mucho gusto ANA, la autora de este blog”.

Que pase una o dos veces es normal porque lo prohibido suele ser atractivo, pero el problema viene cuando nos ilusionamos con personas que no pueden ser y ahí si ya no estamos hablando de ¿así o mas de malas? si no de que nosotros lo buscamos, no sé si con sensatez, pero es ahí donde empieza el calvario.

No quiere decir que mis historias de amor hayan estado basadas en ilusiones, ¡tampoco la cosa es así!, de hecho he tenido relaciones de años y hasta separación he vivido, pero debo admitir que esa constante ha estado presente en varias etapas de mi vida.

¡Y que rabia cuando no se puede concretar un amor! Sin ser terapeuta, no estoy segura del todo, el motivo es que no estoy preparada para meterme nuevamente en ese lío. A veces creo que sí pero luego me acuerdo que soy “soltera de oro” y se me pasa 😛

¿No me digan pues que eso es un camino de rosas? ¡No! ese negocito implica un alto grado de  responsabilidad. Por eso echándole “la garra” a lo que no puede ser disfruto de los sentimientos, suelto adrenalina que da gusto, soy feliz por un rato pero muy en el fondo, por allá en la profundidad, me aterraría que correspondiera porque el amor idílico es muy bonito pero enfrentarse a la realidad eso sí da mucho susto. ¡Brutas! ¿Será que alguno de mis ex galanes me traumó?

Por eso los amores imposibles vinieron, van, vendrán y por lo general siempre me quedan pendientes por cualquier motivo; no son correspondidos, los muy malditos se resisten, tienen un pero difícil de solucionar y los casados se multiplican como conejos. Pero también están aquellos en los que el amor explota, la chispa arrasa, la magia perturba, sin fin… Pero siguen siendo eso, inalcanzables, porque algunos aunque se chuleen de ahí no pasan.

¿Y entonces? ¿Qué vamos a hacer? Porque sufrir eternamente y lamentarse toda la vida, no aguanta. Y como dicen por ahí, “La única puta que no es fácil, es la puta vida” sabia frase sí señor y así son este tipo de amores, nada fáciles.

Un amor imposible es alguien que nos vuelve locos, no deja dormir, ni trabajar, ni nada de nada; que “pariditos” para desubicarle a uno la vida, pero es que de repente como si eso fuera muy casual, se siente un gustico que le da a uno tres vueltas con la estrella y la triple mortal incluida. Éstas pueden durar un día, una semana o años. La atracción puede hacerlo a uno muy feliz, ponerlo con el ojo aguado el día entero o dejarlo morir lentamente de ansiedad. Y lo peor no es eso, como no puede ser y nacimos pa´ ser masoquistas, el interés aumenta en esa persona; la que muchas veces no tiene ni idea de los sentimientos que uno desborda o porque simplemente no dan ni la hora, así de sencillo.

A pesar de saber muy bien que por ahí no es, ¡que venga que no es pa´ eso! nos encanta tropezar con la misma piedra una y otra vez, por lo menos a mi me fascina chocarme con ellas: grandes, pequeñas, tipo piedra del Peñol y así sucesivamente; porque el problema no son esos amores, el problema es que me equivoco una y otra vez,  pues por lo general me queda gustando la piedra que es otra cosa muy distinta.

Son como imanes, ¡qué cosa tan hija de su mismísima madre! Por lo general las fantasías más intensas y apasionadas están relacionadas con aquellos imposibles, prohibidos o inconvenientes como dirían las mamás: “Mija, ese muchacho no le conviene”.

¿El resultado? Pues que en vez de enamorarme de ese partidazo que la familia entera y las amigas quieren pa´ uno, querido y libre; YO soy rebelde porque el mundo me hizo así y me gusta con el que las cosas son complicadas, los que viven al otro lado del charco, el jefe del novio, el esposo de la prima de la amiga, el caguetas de 22 años, el que nunca maduró y actúa como adolescente tardío o de ese hijo de la que se dedica a los menesteres de la vida mundana. ¡Sí! esos mismos que lo ponen a uno a sufrir más que al pobre Marco en el día de la madre.

Pero deje así porque eso no va a cambiar. Siempre digo lo mismo, lo repito cada año y vuelvo y caigo; tal cual como los borrachos: “El último y nos vamos”.

O todos en la cama…

Según cuenta la leyenda… si el príncipe que nos enloquece se hace el difícil, más nos gusta.

ikea1Para mí la indiferencia mata…¡pero las ganas! Y si a uno le gusta el niño en cuestión, ¿Para qué patear la lonchera? Y como a las mujeres, a muchos hombres también les pasa y adoptan esa actitud por timidez, porque no hay química, no tienen ganas de nada (MUY difícil), para hacerse los interesantes o porque son así, ¡triple pariditos! Y entonces dan rejo, lo ponen a uno a aguantar sed porque ni agüita dan, toca comprar reloj porque ni la hora y como dice Prince Roy “no me das ni las noticias”.

 ¿Y entonces? Pues hay varias tácticas para aplicar según el personaje, la situación y los sentimientos involucrados.  Ejemplo más usado: “la del pisco”, que en algunas regiones de Colombia lo llaman pavo y dice la antigua receta que antes de llevarlo a su triste fin, le dan licor para  que la carne tenga ese sabor dulzón del vino tinto.  Después de emborracharlo, en medio de su mareo, estira los guayitos y se come sin remordimientos.

A veces hay que echar mano de tan baja estrategia para conseguir ciertos objetivos, aunque no siempre, ¡ojo!  Porque no hay nada peor que una resaca moral que no provoca si no internarse en una clínica de reposo durante un mes.  Debe aplicarse sólo en caso muy necesario; cuando se quiere cumplir el reto, porqué éste cree que yo tengo la vida entera para esperarlo, o por simple ociosidad.  Además, téngase en cuenta que la preparación con licor no siempre implica llegar hasta la meta trazada, puede ser también para robarse unos o varios picos bien estampados o sacar información valiosa, y ninguna de las anteriores implica sentimiento alguno.

¡Tocó aplicarla! es que tire indirectas, puyas, flores, miradita, piropito, casquillito y nada de nada ¡tampoco! porque “una”  no es de palo y como dice mi querido y admiradísimo Andrés Calamaro en su canción Paloma: “No cometas el crimen varón si no vas a cumplir la condena”.

Heme ahí esperando a que el “pavo” estuviera medio listo para poderle endulzar el oído, pero no necesité ni la cucharita para el Splenda porque como una sedita “Reina pida no más”. Y eso que el sujeto en cuestión digamos que estaba en sus plenas facultades y no fui yo la autora material de los hechos, es decir, ni un solo traguito le ofrecí, más bien fui la intelectual.

En un frío de finca y más helados que cadena de columpio, tocó arruncharse. Y como iban siendo las 5:00 a.m.,  eche pal cuarto a dormir “entrepiernados” aunque sea pues pa´ compartir cobija.

Y empieza la odisea porque solo había libre un camarote o litera que llaman; mueble  compuesto de dos o más camas situadas una encima de la otra que habitualmente son utilizadas en espacios reducidos. Sin exagerar medía un metro, la cama de abajo estaba ocupada. ¡Sorpresa!  les toca acomodarse en la de arriba. ¿Y quién subía a Don príncipe hasta allá y en ese estado?

Era un cuarto con este tipo de cama y otra doble, ocupadas todas. En la de matrimonio  una amiga y su esposo y en la otra, la dueña del predio que para más Inri se despertó para “prohibirnos” cual mamá, dormir juntos en el mini-cambuche de arriba.

¡Que vea cómo se van a subir ahí! ¡Que vea que peligro! Que vea ¿cómo van a dormir juntos en ese pedacito de colchón? ¡Que vea se van a caer! ¡Que vea va a haber un accidente y se me van a caer encima! Taque, taque, taque… Y se armó el “bololoi” porque los otros dos salieron en nuestra defensa: “Que déjelos que se suban, que ayúdeles mas bien a treparse hasta allá, que ellos verán, que si se caen el golpe avisa, que no les dañés la acobijaita, vea cansona, que duérmase más bien”…

Mientras esos discutían por nuestra custodia le ayudé a subir al sujeto en cuestión, lo empujé y allá cayó. Luego subí yo con cuidado para “acomodarme”  porque no se podía ni mover un dedo, parecíamos empacados al vacío. Si nos movíamos para un lado abajo íbamos a dar, si nos movíamos para el otro, pared era la que íbamos a comer, además del frío que no dejaba dormir porque ni con una cobija que era más grande que la cama se quitaba.

Ahí fue cuando pensé que la ociosidad no tiene límite, que estaba pasando muy maluco en esa incomodidad y sin poder conciliar el sueño, entonces apenas oí el ronquido del otro me tiré de ese camarote como pude y me fui a dormir a la sala, en un sofá más duro que nalga de muñeco, pero tranquila y con cobija pa´mi sola.

¡Lo peor amiga lo peor!

mujeresQuisiera estar libre de pecado para apedrearlos a todos con esta historia, pero no puedo porque caí en aquel fatal error de enredarse con el “mejor amigo”.  Sí,  suena a típica película americana, pero ¿a quién no le ha pasado alguna vez en la vida?

Tema debate porque dicen que un hombre y una mujer no pueden ser amigos, pero yo creo que sí, todo depende de la situación por la cual se esté atravesando uno puede descarrilarse o no. Mejor dicho, no caí en la tentación, a mi me empujaron que es otra cosa.

Es de trauma enterarse  después de muchos años que uno es y ha sido el amor platónico de ese “hermano de leche” y es ahí donde entra la duda, la curiosidad y la confusión; porque si “una” no sentía nada pero con esa echadera de flores, insistencia, cariño camuflado y la pregunta ¿Y si de pronto es éste? ¡ahí no hay nada que hacer! ya se metió en la vaca loca y por ociosa asuma las consecuencias.

Un cuadro muy distinto es el  “folli-amigos” o aquellos “con derecho”,  esos que juran no sentir sino amistad, pero que no tienen ningún problema a la hora de compartir deseo sexual con las susodichas.  Al parecer es la situación ideal, tener relaciones de ese tipo con la persona con la que más confianza tenemos, pero pregunto yo: ¿Cuánto tiempo se puede sostener una situación de esas sin que aparezcan los celos, la posesión tipo exorcista y demás sentimientos encontrados?

Después de haber compartido viajes, familias, fiestas, amigos, navidades, confidencias, el negro y rosa de la vida; llegó el otro a tirarse en la batica de cuadros con una confesión inesperada que no provocaba sino salir corriendo loma empedrada abajo y descalza para que doliera más.

¿Quién dice que no ante esas hermosuras de palabras, gestos, detalles y demás cositas varias que nos gustan a las mujeres? Y empecé a sentir el capullo en el estómago, porque todavía no era mariposa, era ahí como una medio polilla que mas que ayudarle para que le crecieran las alas, me provocaba era darle naftalina para que desapareciera. Pero se le dijo y se le advirtió y ahí si empezó Cristo a padecer,  porque me enredé más que una persiana y tome pa´que lleve.

Y me fui enganchando y que rico verlo, que dicha zamparle un piquito, ¡ay qué bueno! pero luego… Este asqueroso no ha llamado, pero después de todo lo que me prometió, que ira, ¿pero cómo así que tiene novia? Maldito lo odio, perruncho. ¿Entonces para que carameliás, te declarás, me bajás el cielo y la tierra, me hacés poner nerviosa al chantarte el primer beso, a que me diera el “babiao” cada que salíamos? ¡ah no mijo, así si no juego!

Dicho y hecho; la amistad se fue al traste y lo saqué del llavero, porque calcule semejante lora que di, el tiempo perdido, la ansiedad gastada, el enredo mental, el desubique emocional, el si lo quiero pero no me gusta del todo, el esfuerzo, la metida de pata, el susto, la rabia, el ¡exijo una explicación! y el tener que superarlo sola…. ¡No hay derecho!

Deje así que  pa´oírle el cuento a más de uno tiempo sobra, más bien coja oficio y ubíquese a ver, que como dice el slogan de una conocida gaseosa: “Las cosas como son”.

El interventor que nunca intervino

Empecemos con el significado de la palabra “Interventor”:  Empleado que autoriza y fiscaliza ciertas operaciones o actividades para que se realicen con legalidad.  Y sí, el trabajo lo hacía perfecto, no se le pasaba ni el más mínimo detalle y estaba siempre atento, pero entre sus funciones no sé porqué, se atribuyó la de ser “duro” aquí con la Contratista.

Yo que hacía mi mayor esfuerzo para dar lo mejor, cumplir con el trabajo pactado, entregarlo en el tiempo exacto, hacer la investigación exhaustivamente, y encima rendirle cuentas; para él  no era suficiente, porque además de lo laboral le incorporó lo personal, y no podía verme tranquila porque lleve su frase con puñalada trapera:

_ ¡Es que ya usted con tantos años!

_ ¡Es que uno tan puppy!

_ ¿Porqué no te casás pues?

_ ¡Es que vos solo buscás galanes clichés!

_¡Te lucen los niños! ¿Por qué no tenés uno?

_ ¡Pero ya le dejó el tren mija!

Y así sucesivamente….

Se acabó el empleo y la relación Interventor – Contratista ¡que descansito! Eh ya iba siendo hora de que me soltara pues.

Pero resulta que cuando a los hombres les gusta la mujer en cuestión, es muy difícil identificarlo. En la mayoría de los casos son perfectos para ocultar sus sentimientos y luego es uno el que sale debiendo porque por la miopía dejamos  pasar la oportunidad. Los hombres pueden parecer muy seguros de sí mismos pero en el fondo tienen grandes temores con las mujeres y muchos prefieren huir y perder la posibilidad de una relación antes que enfrentarse a ellos. ¿Así o mas cobardes?

También puede pasar que les de “YUYU” expresar lo que quieren decir y por más que le piensan  no encuentran las palabras para confesarle a una mujer que les gusta y optan por quedarse callados.  El miedo de no poder controlar la situación, los vuelve un ocho.

Es que los hombres de hoy todavía cargan con el legado de no mostrar la menor señal de debilidad y nosotras las mujeres nos preguntamos: ¿A ver, por qué tienen que ser como piedras? ¿Por qué no me da ni la hora? ¡Es que no me da ni agua, ay que sed! Pero amigas y compañeras de algún interventor, esas preguntas jamás serán respondidas, moriremos sin saberlo.  La indiferencia mata… ¡pero las ganas!  ¿Cómo podríamos entonces identificarlo?

Y para más Inri, después de varios años en una conversación casual, salió con las siguientes frases:

Yo: No, es que que pesar, vos si me tratabas como a violín prestado.

El Interventor: Tienes razón, pero era una reacción incontrolable a tu belleza. Una reacción a la dominación estética.

Yo: Voy a escribir sobre esta historia.

El Interventor: Pero vivamos un conflicto real para que la narración tenga más fuerza.

Yo: ¡Ah! ¿Pero qué tal el descarado?

El Interventor: ¿Y si hubiese sido más condescendiente, habría tenido oportunidad? No creo, vos todavía buscás galanes clichés. Y por tu miopía no estamos donde deberíamos estar, haciendo lo que deberíamos estar haciendo. Pero era muy divertido molestarte. Y cuando hablaba en serio, creías que te seguía molestando. ¡Vea pues esto tan complejo de los significantes! La vida real es así y le tenemos fe. No creas en el que te diga todo lo que quieres oír.

Yo: ¡Ok! pero entonces dejá la acosadera con el matri. ¡Y si sos tan berraco casáte vos conmigo!

El Interventor: No soy tan berraco. Lástima porque sería lindo.

¿Quién los entiende pues?  y luego somos las mujeres las complicadas. ¡Esa estrategia ya no aplica!

Y digo yo: ¿No es mejor decir lo que uno piensa y siente para después no andar dándose látigo? ¿Y si uno va y pasa bien bueno o es el amor de la vida qué? Perdiendo tiempo por unas razones que no tienen ni pies ni cabeza. ¡Y si e estrella que importa, párese que nadie lo vio!

 

 

 

The Nanny

imagesNANNY:  Cuidadora de niños que puede emplearse como interna o externa, de acuerdo a las necesidades de la familia.

Y heme ahí a los 37 años disque de niñera en Londres. Suelo tener bastante feeling con los niños, pero digamos una hora como mucho porque no “poseo” la vocación de madre. Tengo dos sobrinos que amo locamente pero he de confesar que me quedaré de tía. Hermosas las criaturas, pero las ajenas.

Después de diez años en España, decidí que el ciclo debía cerrarse, empacar maletas e irme a Inglaterra a mejorar el inglés. Y me pregunto: ¿De dónde saqué fuerzas a mis 37 para tanta actividad? Y no quiere decir eso que hubiese estado vieja ni mucho menos, con 20 años vaya y venga, pero casi llegando a los 40 la aventura de niñera, el college, volver a retomar un idioma, mejor deje así. Y aunque esos seis meses fueron maravillosos, también tuve algunas experiencias como vigilante de dos “retoños” que si antes no quería prole, con esa experiencia si que menos.

Me hospedé donde unos amigos a quienes pagaba el alquiler mensualmente, pero eso de estudiar, no trabajar y gastar, no funciona. Decidí entonces buscar un empleo en el cual no tuviera que desembolsillar mucho para vivir y que estuviera cerca de la escuela de inglés, ya que me tardaba 45 minutos en ir todos los días hasta allí; media hora caminando hasta la estación y el otro cuarto en metro.

El Director me ayudó y recibí muy pronto la llamada la cual casi no entiendo, pero “una” que es “espabilada” pues allá llegué para la cita con la señora. ¿Cómo? No sé, pero estaba ya muy apoltronada haciendo la entrevista. Y tenía tanto desespero de empezar a hacer algo, de estar a diez minutos del colegio y tener libras en mi poder, que dije que sí sin pensar con cabeza fría en las condiciones que me había planteado la madre de las criaturas. Mi idea era quedarme un año, pero la estancia se redujo a un semestre porque aquí la “nanny” no aguantó y gástese la platica en el tiquete porque nos devolvemos para donde le corresponde.

Familia de descendencia africana pero criada en Londres e hijos nacidos allí. Padres jóvenes, muy devotos de su religión musulmana y de la unión familiar, tan unidos eran que en la casa además de nosotros cinco vivía un hermano de la señora de la casa, digo señora pero en realidad yo tenía más años que ella.

Tenían unos padres que no los hubiera querido de suegros jamás en la vida, es decir los abuelos de los niños, que tan unidos eran que no salían de allá. La abuela a metros, pero su esposo si era un encanto, sólo que el pobre no tenía ni voz ni voto. Tal fue la poca empatía entre nosotras que ella llegaba y vuélese para el cuarto, además alguna vez por un malentendido la agarró conmigo y no sé en qué idioma me dijo de todo menos bonita y le dije lo suyo en español y en colombiano para que sonara mejor. Ese día lloré mis ojos, empaqué maletas y todo, ¿pero acaso la mamá de los niños me dejó partir? ¡No! Me convenció y ahí continué.

Cuidaba un niño de dos años y otro de once. Como podrán darse cuenta la diferencia de edad siempre era grande, el problema “celos” era la constante entre ellos y por obvios motivos el chiquitín era caprichoso y mimado, pero aún así le tomé mucho cariño y hasta pesar me dio cuando me despedí. Así no lo queramos reconocer, el apego aumenta y uno se convierte en parte de la familia, aunque a veces prefería ser huérfana.

A pesar de ser muy especiales conmigo en muchos aspectos, les digo que la Cenicienta era una boba al lado mío. Me acostaba rendida porque además de cuidar al menor, darle la comida, pelear para que la recibiera, jugar con él, sacarlo al parque, calmarle las pataletas, bañarlo y acostarlo; debía ir a clases, estudiar, hacer trabajos y encima limpiar la casa. Lavaba la ropa de los niños -en lavadora claro está- , planchaba y el vestuario se reproducía, empecé con la de los hijos y terminé con la de los papás y ahí estaba yo tire plancha como una loca. Y el primer daño no tardo en aparecer,  ¡Ah! pero si es que uno no plancha, antes mucha gracia.  Le quemé una camiseta nueva al niño y ese plástico que tenía quedó pegado del hermosos electrodoméstico y sáquelo pues… ¿Y la prenda? Pues me tocó solucionar el problema a escondidas, camuflada la subí hasta mi cuarto y la metí en mi mochila -cual operación de espionaje para poderla sacar de la casa al día siguiente- y así sucedió; me fui a clase y cuando estaba lejos del lugar de los hechos, la tiré a un basurero. “Primero muerta que confesa” como dicen por ahí.

Pero aquí no paran las labores domésticas; los miércoles me tocaba aspirar una casa de dos pisos, con tapete en los tapetes y con una aspiradora que parecía la máquina del futuro; una armatoste inmenso con las mil funciones que cargaba de arriba para abajo y de abajo para arriba. ¿Y por qué lo acepté? No sé, por estar pensando en los huevos del gallo.

Me iba a dormir tipo 10 p.m. como chupo de guardería, en mi habitación de estudiante con mi edredón del Manchester United y sabiendo que al día siguiente la rutina sería la misma y que de zapato de cristal y calabaza a la media noche nada, que eso era puro cuento. ¿Y conciliaba el sueño? ¡Pues NO! Porque la mami de la casa hablaba a todo pulmón y tenían la costumbre de quedarse chismoseando en la sala hasta altas horas de la noche, es decir que aquí la damisela no descansaba un follelli y encima madrugaba. ¡Que desgracia tan infinita!

Trabajaba los fines de semana, solo descansaba lunes y martes. ¿Pero a ver, en qué cabeza cabe aceptar un empleo con semejantes condiciones? ¡Pues en la mía! ¿dónde más? Hasta que no aguanté, recapacité y me dije a mi misma: Mi misma, ¿pero que necesidad tienes de pasar por estas sólo para obtener unas libras e írtelas a gastar en maricadas? Pues no, todo al carajo. ¿Muy importante hablar inglés? ¡Si! pero no quiero esta vida a mis años cuando puedo tener otra muy distinta y mucho más placentera.

¡Y si señor que hice maletas de nuevo y agarré mi avión de vuelta a la libertad!

 

Y sin poder modular

Al que no le hayan robado ni una sola vez, es más de buenas que encontrarse al amor de la vida sin un defecto. Y ni piensoimages en la rabia que da que cualquier paridito le quite a uno sus cosas y encima amenazado, por eso hay que salir sin nada de valor por las calles de la ciudad porque el “contribuyente” de lo ajeno, acecha en cada esquina.

Algún día en los que como digo yo: amanezco un poquito “espesa”, es decir  lenta,  que no caigo en sí,  que de verdad me cuesta,  se me ocurrió la gran idea de salir a caminar porque avemaría si es bueno para engrosar pierna. Llamé  a un amigo y le pinté el maravilloso plan y él que nunca me decía NO, estaba más que inmediatamente esperándome para recorrer los kilómetros que fueran necesarios.

Como no era mi día y no estaba en mis cinco sentidos, salí de cadenita de oro con su respectivo accesorio,  en esa época di tu hace 20 años atrás se usaba la Nefertitis, el cachito de oro, la medallita, e infinidad de objetos dorados de 24 quilates que eran una hermosura, además de llevar puesto un reloj propiedad de mi santa madre que adoraba y aquí la niña lo había tomado prestado sin permiso.  Y como dicen las tías: “Ay mija, todo lo que es prestado o tomado sin permiso le pasa cacho”. Típica frase popular en Colombia que a mis casi 42 años no le encuentro el sentido aún.

Y sí, quién me mandó a salir con lo que no era mío, por eso me pasó cacho. Tan contentos mi compañero y yo ejercitando músculo, caminando, cayendo ya la noche y por una avenida más bien solitaria conversábamos  sin parar, pero parar fue lo que nos tocó hacer cuando nos rodearon tres tipos armados, digamos que no los más amables, porque tras de ladrones bufones como afirma el dicho, le roban  a uno y encima lo insultan. Les queda uno debiendo y todo, que belleza.

Pero la cosa no fue así tan rápida y sencilla… antes que nos cayeran de sorpresa, (no entiendo porque estudié Periodismo y no Criminalística o Investigación Privada porque seguro estaba de espía y nadando en los millones), alcancé a observar como tres malandrines, porque pinta de ejecutivos no tenían, pasaban la avenida corriendo con negras intenciones. Y alcancé a sentir eso que llaman pálpito o el sexto sentido,  prevenida me dije mentalmente a mi misma: “Mi misma estos tres no vienen para entablar una amistad, estos están cruzando porque a saber qué cosa querrán” e inmediatamente pensé en el reloj de mi mamá, prestado sin que ella supiera, objeto de sus afectos y en lo que me esperaría después y ¡ACTUÉ! En un segundo me lo quité y me lo metí en la boca.

Y yo que la cierro y éstos que nos caen:

– Se  quitan todo lo que tienen, nos dan la plata, hijos de su mamita que los parió, los vimos pues, rapidito.

Y mi amigo a punto del colapso les decía que se llevaran todo y que no nos hicieran nada, pero yo me preguntaba: ¿Eh y este cuando me metió en el paseo? Que se lleven lo de él que yo no tengo platica, sólo un reloj metido en la boca que dónde me pregunten algo muero ahogada porque me lo trago.

No modulaba, ¿donde dijera algo y se vieran aunque fueran  las manecillas del reloj? Hablaban y sólo pensaba: ¿Y si me preguntan la hora? Con estos nervios soy capaz de tirarlo pa´que la vean. ¡No, que angustia! Y no podía más, me volví la máquina humana de saliva, me dieron ganas de estornudar, quería llorar y no podía gritar. Hasta que por fin se llevaron el dinero de aquel y me quitaron la mísera cadenita. Pero me volvió el alma al cuerpo, pero sobre todo la respiración cuando ya pude abrir la boca y escupir el reloj.

 

Otro día de aquellos…

descarga (2)Hace muchos meses que no tenía un día de aquellos en que le provoca a uno devolverse para la casa y no salir por miedo a la mala racha.

De camino al trabajo me metí la caída monumental. Primera vez que salgo con tiempo porque siempre me coge el día. Vestida y alborotada, con zapatos de suela baja y muy contoneada iba caminando tranquilamente por la misma ruta y atenta a todo; la oficina queda a 20 minutos de mi casa, entonces ¿para que transporte en ruedas?

Pues ruedas fue lo que empecé a dar cuando tropecé con algo y me fui de narices al suelo, no sin antes recordar  la película de mi vida que pasó en 5 segundos, con la idea muy clara que no tenía de donde agarrarme para salvarme del batacazo y que después del golpe vendría el dolor, la rabia y  el mal genio.

Y si que perfectamente puedo aplicar para el Cirque du Soleil  con la maroma triple mortal con vuelta estrella incluida que di. Solo alcancé a gritar dos expresiones de aquellas que uno pronuncia con todas las fuerzas de su alma y que no son precisamente las más educadas, a pulmón herido dos bellezas de hermosuras que se oyeron hasta la mismísima avenida. Aterricé en el pavimento de rodillas, cual adoradora de Jesús sacramentado, como si las monedas fueran mías y pensando: “Aquí fue, me quebré todo”  pero en medio de la ira me paré como pude, porque esa fue otra: ¿Acaso alguien caritativo me ayudó? ¿Acaso alguien del prójimo transeúnte se acercó para ver si estaba herida? No porqué no hubiera gente, porque en la esquina se encontraban tres señores de una empresa muy reconocida de la ciudad haciendo un arreglo, ¿Pero acaso se pelearon los tres por salvarme? ¡Ninguno! Tome su totazo y usted verá cómo sobrevive.

¡Y que ayuda ni que ayuda, yo me levanto sola, paridos todos! coja, con el pantalón roto y un dolor de aquellos me incorporé, pero apenas vi sangre ahí sí “auscúltese” mija que de pronto se desangra. El Nazareno era una poma al lado mio; a la rodilla le nació gemela, la bola ni se la imaginan y los raspones no me diga más. Y un ardor que no lloro no más me acuerdo.

Con mi dignidad hecha pedazos y más iracunda que Hulk, seguí caminando hasta llegar a la farmacia para comprar vendas y algún desinfectante, porque mientras me atendían en el centro de salud se me podía gangrenar la pierna. Salí con mi botiquín portátil, llegué a la oficina y al entrar conté mi triste suceso.  “¿Ay cómo así? Venga la curamos”. Y me fui de empelotada, con grito de dolor incluido pero con curación hecha, eso sí, con pierna lesionada el día entero y pantalón con roto nuevo.

 

 

 

La Ola…¡La Olaaa!

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Llegan las vacaciones y es el momento ideal para disfrutar de algunos de los placeres que por las diferentes obligaciones como el colegio, la universidad, el trabajo, etc., tenemos que ir aplazando, pero cuando el dichoso momento se presenta, no duerme uno de la agonía y el desespero de arrancar. En mi caso la playa, lugar que visito y amo desde que tengo un año de vida.

A muchas personas no les gusta porque no soportan el calor, la arena, el bronceador pegado del cuerpo y el mar; por miedo, pereza, la cantidad de sal y el tierrero que se mete dentro del vestido de baño, que no hay explicación de cómo ese montón llegó a parar ahí en las partes más nobles.

Yo si soy fan de esa belleza que es el océano. Adoro la playa, el sol, el bochorno, el bronceador, el bloqueador, el aceite de coco, el gel para la insolación y los mil tipos de vestidos de baño. Asolearme media hora por delante, media hora por detrás, quedar como un carbón, llena de sal, permanecer horas en el mar, nadar cual sirena, hacerme la mascarilla en la cara con la arena húmeda, disfrutar del paisaje y aprovecharlo todo.

Mi abuela paterna tenía una cabaña en la playa de “El Francés” a pocos kilómetros de Tolú, (Municipio colombiano situado en la costa caribeña), de ahí viene mi fascinación por cualquier lugar que tenga litoral. Viajaba siempre a final de año a pasar largas temporadas no sin antes escoger la colección verano de los trajes de baño, -teniendo ya uso de razón por supuesto- porque “antes muerta que sencilla”. Mi obsesión por los bikinis no tiene límite.

Nunca me pasó nada estando dentro del mar, tan feliz en la mañana como si estuviera en una piscina y en las tardes como cual Bay Watch saltando ola tras ola, ¿Pero a ver,  cómo se llama este blog? ¡muy bien! “Así o más de malas”, entonces la escena fue la siguiente:

_ Nooo, que dicha, mirá como está de picado el mar (es decir que no había quien controlara semejantes olas de no sé cuantos metros de altura)

_ ¿Pero como no nos vamos a meter? como pasa uno de bueno saltándoselas, y esa risa que da, y no importa, nos cogemos de la mano y brincamos juntas, eh que maravilla. ¡Vamos pues bobaaa! -Me dijo la esposa de mi tío- Y uno bien gomoso, bien amante del agua y sus aventuras, pues vamos, ¡Qué carajada!

Nos hemos sabido ir solas, casi a punto del Tsunami con unas crestas que no dejaban ni avanzar, pero que importa !esto está muy bueno! Si, muy bueno cuando de un momento a otro solo alcancé a oír: “La ola, la olaaa” y mis queridos lectores, les digo pues que casi no existe este blog, por nada pierden a su autora y a la esposa del tío de la autora.

Nos levantó una ola en la que podían surfear por ahí 500 personas y con dos tablas cada uno. No volví a saber de mi, solo veía espuma, agua, tierra, algas y por supuesto el túnel porque pensé que ahí me quedaba. Veía de todo menos la salida del “surullo” en el que estaba metida, y daba vueltas y vueltas cual pollo rostizado y claro, ¿Cómo pedía ayuda? si no me veía, ¿y con qué aliento? si sólo tragaba agua salada para acabar de ajustar, con limoncito al menos, pero sola. Me hice un lavado gástrico que mejor dicho.

Y por fin vi la luz, el cielo nuevamente y salí de esa cosa tan horrorosa que me tenía ya desesperada. Muy bien, ahora ubique a la esposa del tío que seguro  seguía allá metida dando vueltas. Y cuando la localicé, no sé si del susto o de verla como había quedado con el revolcón, me dio tal ataque de risa que casi vuelvo y quedo atrapada por otra. Pero la risa fue mutua porque el cuadro no podía ser peor: Las dos despelucadas con cual nidos de pájaros en la cabeza, el pelo para todos los lados, lleno de enredos, las caras negras del arenero y sin poder hablar de tragar agua a dos manos; casi llorando porque si quiera no nos pasó nada, !que dicha volverte a ver!  Pero que belleza, perfectamente hubiéramos podido posar para el calendario Playboy del mes: Teníamos el brasier del bikini en la nuca. ¡Y de la tanga ni hablemos!…

 

 

 

 

¡Sáquela, Sáquelaaaa!

descargaNo existe directamente un nombre para la fobia a las lagartijas, existe la “Herpetofobia” que es el miedo a los reptiles dentro del cual se incluye a mis mejores amigas que no puedo ver ni en televisión.

¡Que levante la mano el primero que no tiene una fobia pues! Todos hemos padecido esa sensación de miedo con mayor o menor intensidad. Forma parte de la naturaleza humana y no debe preocuparnos en exceso dicen los expertos, pero éste no es mi caso, que pena y no lo voy a superar nunca. Si quieren traigan de una vez la camisa de fuerza, pero a mí no me digan que enfrentándolas se cura porque ya pasé por varias situaciones similares y en vez de superar casi me infarto.

Debo confesar que mi temor hacia ellas se vuelve irracional, me genera tal angustia, asquíto a ese “zigzagueo” y tanta ansiedad, que todas estas sensaciones me provocan  una reacción descontrolada y es ahí cuando empieza Cristo a padecer; me entra la  crisis de loca y más si estoy sola. ¿Y cómo me comporto? Pues como una desquiciada: Me tiembla todo, me provoca salir corriendo, grito, me aumenta el ritmo cardíaco, los músculos no reaccionan, no coordino y solo quiero llorar y llamar a todo pulmón a cualquiera que esté por ahí y me pueda salvar de la situación, porque si no es así, les aseguro que paso a mejor vida.

He aquí  algunas de las situaciones que me acabaron de traumatizar  y se pueden parar en las pestañas, decirme como lo hacen siempre: “Son hermosas, no hacen nada, se comen los mosquitos, antes le tienen miedo a los humanos” ¡Vea hombre por Dios! no ha nacido ni nacerá psicólogo, psiquiatra, hipnotizador, mago, brujo, terapeuta que me quite esta fobia. De sólo pensar en ese movimiento, las que son rosadas cuasi trasparentes o las negritas costeñas (sin discriminar), ya me va dando la chiripiorca.

¿Y cómo vive uno tranquilo en una ciudad donde abundan? ¡Pues no vive! Me la paso pendiente de las ventanas, los balcones e ir cerrando tipo 5 p.m. porque ya van buscando como treparse por donde sea y al piso que sea. No consideran si usted vive en el primero o en el décimo, no les importa. Y lo peor es que si les da la gana se van y si no, se quedan viviendo con uno varios días; detrás de los cuadros, el televisor, el baño y hasta en el techo. ¡Me quiero morir! me dirán exagerada y me importa pito y medio, ¿pero quién tenga un miedo de éstos y le toque enfrentarlo, cómo reacciona? ¡Lo quiero ver!

La primera vez que tuve contacto directo con una, es decir, la tuve frente a mí; estaba muy oronda esperando a que yo cayera al suelo para quedarse con todo. Era un domingo en la tarde y de repente vi algo que entró rápido y corrió por la pared, cuando detecté al enemigo salté como nunca en mi vida, obvio me entró el pánico y empecé a buscarla porque había que sacarla como fuera. ¿Y cómo es que la veo detrás de la nevera pegada como cual imán? Era un dragón, la mamá de todas la lagartijas del mundo !lo juro! Ahí me quede petrificada mirándola para que no se volara y llamé a mi papá: “Papiiiii por favor, te lo pido: O ella o yo” y mi pobre padre, un festivo que para él es sagrado porque no sale ni al balcón, en 20 minutos estaba en mi casa buscando al reptil que me hacía la vida imposible, y ni idea cómo le abrí porque me creía estatua. Aquella criatura desapareció sacada en bolsa y devuelta a su libertad, porque me podrán odiar ellas a mí y viceversa, pero matar a un animal jamás.

Segundo encuentro: Un sábado en la mañana entré a la cocina y ¡zuaquete! una de ellas pa´dentro. Y si la anterior era la mamá de todas, esta era la abuela. Y me pregunto yo: ¿Cómo puede ser que se haya metido en un piso 14 que era donde vivía? !Que inseguridad! El hombre araña era un guevón al lado de ésta pues. Gracias a mi ángel de la guarda seguro, en ese momento llegó la señora de la limpieza a la cual le dije: “Hoy vamos a empezar a limpiar por la cocina, vaya bien hermosa y me saca esa cosa que hay allá pegada de la pared”.

Tercera reunión: Esta si fue casi que de llamar a emergencias, compartía apartamento con un amigo pero justo ese fin de semana no estaba. Tan tranquila en mi habitación cuando como “Pedro por su casa”,  porque ellas son así, no tocan, no piden permiso, no avisan, simplemente aquí voy y entran; se metió una por la ventana y si la primera vez salté está vez les digo pues que me gano el oro en garrocha. En un segundo estaba en la otra habitación llamándolo para saber dónde estaba, a qué hora volvía y que hacia, pero me oía poco porque estaba en un lugar con mucho ruido. Desconsolada le decía: “Una lagartija, una lagartija, que a quién llamaba para que me ayudara” y él solo respondía: ¿Qué, que se metió una ardilla? Y a punto del colapso, me dolía el pecho y todo, volví y le repetí hasta que entendió. Llamó a un vecino para que me rescatara pero el muy lento no llegaba y necesitaba apoyo moral, llamé a mi hermana la cual casi mato de un susto porque sólo lloraba y no era capaz de decirle bien que pasaba y claro, ella pensó lo peor: ¿Dígame, dígame, que pasó, quién se murió, qué le hicieron, llamo a una ambulancia? hasta que me calmé y pude contarle, obviamente me tiró el teléfono, ¡Ah! pero antes me insultó.

Por fin llegó la ayuda, salí corriendo, abrí y me volví a encerrar en el cuarto de mi amigo desde donde le daba indicaciones al vecino:

_ Sáquela, está en mi cuarto. Detrás del cuadro, avíseme, en la cocina hay recipientes. ¡Sáquelaaaa!

_ ¿Pero dónde? ¡Ay se me escapó! Ah no ya la vi otra vez. Ya la tengo, es divina”.

_ ¿Divina? es la que te voy a dar si no la sacás antes de que me dé un babiao.

Quedó todo en calma, la llevó a su hábitat y al subir me dijo:

_ Tranquila Ana, la saqué, la solté en el jardín y ya no hay peligro.

Y sí, ya no había peligro, pero si un calor que me estaba matando y no me dejaba dormir, pues la ventana no la volví a abrir en toda la noche ni loca.

El corte militar

cortarse-las-puntasPara las mujeres el cabello es mucho más que una parte del cuerpo, es quizá uno de los “accesorios”  más importantes,  así como Sansón en el cual estaba su fuerza.  Algunas  adoptan un peinado que no abandonan en toda su vida y son la fotografía a la que no le pasa los años, como el de la siempre bien puesta Jennifer Anniston. En el otro extremo estarían famosas como Lady Gaga, adicta al cambio y que cuando lanzan al mercado una nueva canción, uno ya no sabe si es ella o no.

Son muchos los motivos para cambiarlo o ponerlo de otro color, porque así es el género femenino, no como los hombres que van a la peluquería: “Hágame el favor y me pasa la maquinita” y sale pa´pintura. Nosotras buscamos cualquier excusa, impulso, situación, problema o estado de ánimo para tomar la decisión que es más difícil de lo que creen. Entonces empieza la lista de razones, la compra de las ene mil revistas para escoger el nuevo look, la encuesta con el grupo de amigas para saber cuántos votos a favor y cuantos en contra, el presupuesto, la orientación profesional, etc., hasta que por fin nos decidimos y  si el resultado fue horrible,  nos damos látigo y nos deprimimos un mes entero, o si fue al contrario estamos felices, de buen genio y así  nos quedamos otros miles de años.

Despechos, maternidades, un nuevo trabajo, situaciones según el momento de la vida, el estado de ánimo, la moda con arrepentimiento incluido, el  encontrarse a sí misma, el calor,  el maldito tormento de las canas, las crisis de la edad  y el refuerzo de la autoestima, son algunos motivos del cambio.

Y claro, como toda mujer los he tenido; el negro, el rojo, las mechas, el chocolate, el flequillo, liso y largo como una virgen de pueblo, a lo Kelly de la serie Beverly Hills, los rizos, a media espalda, en los hombros y así sucesivamente. Y también mi estelar momento de  decirle de todo menos bonita a una peluquera dizque titulada en “Cambio de Imagen” que me hizo unas mechas color naranja que parecía Naranjito, la mascota del Mundial España 82. No dormí, me levantaba cada media hora para mirarme al espejo y verificar que era cierto que me estaba convirtiendo en una carrot cake y que de ninguna manera había como tapar esas malditas. Me salió más caro el caldo que los huevos porque al día siguiente, un domingo donde nada está abierto, aquí la niña desesperada buscó una pelu abierta para que alguien tuviera la caridad de solucionarme el desastre y pagar el doble.

Vivo en una ciudad donde el cabello es sagrado para las mujeres; fémina que se respete lo tiene mínimo a media espalda, encontrar un crespo es casi que misión imposible porque el lema es “primero lisa que crespa”. Ya no es como en mi época de adolescente donde lo inn era rizárselo con un tratamiento que duraba no sé cuantas horas, los químicos olían a todo menos a rosas y salía uno perfumado con formol. De ahí sale la segunda historia que hizo que mi larga cabellera desapareciera.

Pedí cita para rizarlo y bien pueda pase que vamos a comenzar con el proceso, las horas pasaban y olía a mil demonios, venga que la vamos a meter aquí en esta cápsula que le tapaba a uno la cabeza entera tipo casco de motocicleta pero a mayor escala, ¡Qué agonía! pero por fin aquel maravilloso peluquero terminó su obra de arte y la ansiedad se apoderó de mí, que emoción, nuevo look… ¡Me quiero morir, desgraciado, parido! ¿Pero cómo me hacés este mal? ¿Lloro o me río? ¿Te demando o te echo la policía? ¿Te mechoneo delante del personal o me pagás el tiquete para irme fuera del país?  Sólo les digo que ya no era humana, era literalmente un ¡FRENCH POODLE! Si antes tenía el pelo en la cintura, ya lo tenía en las orejas. Eso no eran rizos sueltos, eso eran crespos en forma de bolas que no había como desenredar, peinar ni darle forma.

Además de la ira mezclada con ganas de acabar con el local y el dueño incluido, tenía la autoestima por el suelo y quería salir de ahí con una bolsa en la cabeza. Ya no había solución, no se podía revertir el daño, no había nada que hacer, solamente….. ¡RAPARME! Sí, cortarme el pelo, tusarme, quedar como cual Teniente O’Neill, así mismito. De ahí salí en bombas de fuego para otra peluquería, de gorra puesta, con unas ganas de llorar de aquellas y odiando al gremio de los peluqueros.

-Buenas, tan amable me tusa.

-¿Perdón?

-Que si le echás tijera a este pelo, ¿si? ¡Y rapidíto! Cierro ojos y soy toda tuya.

Y adiós pelito… las lágrimas brotaban como cual Dolorosa y como no había corte que valiera, pues páseme por caridad la maquinita y me deja lista pal ejercito. Y así fue, pasé de ser una princesa con melena divina y larga, a ser prácticamente un niño al que no reconocían. Nadie me saludaba 😦 hasta que medio bajito, medio durito, revelaba mi identidad. No faltaron los chismes de las gallinas sobre el porqué de mi nuevo corte, ni mi novio fue capaz de verme hasta después de quince días.

Pero como dicen las mamás, “No hay mal que por bien no venga”, me fui encariñando con mi look moderno, poquitas mujeres lo tenían en ese tiempo (fui una de las pioneras de aquel corte) y hasta para una publicidad  fui escogida porque  avemaría si que le luce ese pelo.  Y así seis meses hasta que decidí que tenía que volver a crecer porque me estaba arruinando a punta de gel y corte cada dos semanas.  Y la crecida fue peor que la cortada, no había poder humano de manejarlo porque crecía en todas las direcciones, no le valía hebilla, pañoleta, moño, secador, plancha, peinilla, cepillo… mejor dicho, reencarné en la hormiga atómica como medio año más.