Roble Oscuro


Y yo, que después de un post anterior titulado “Agarre sus corotos que vuelve y se va”pensaba que no volvería a mudarme de casa, aquí estoy nuevamente para contar mi última odisea como judía errante.

Después haber vivido cinco años en un apartamento como Dios manda, situado en uno de los mejores barrios de la ciudad, con todos los juguetes,  bonito, lleno de buena energía y un excelente precio por los lazos familiares que me unían con el dueño de éste; me tocó entregarlo y volver a arrancar a buscar donde vivir. En este caso estamos hablando de la décima casa en nueve años de estar viviendo nuevamente en Colombia.

Puye el burro porque debía buscar mi nueva morada en tan solo quince días, ¡hágame el hp favor! Y claro, con un presupuesto no muy alto porque recibir un sueldo que da para vivir con lo justo no es garantía, aun así, conseguí uno en el mismo barrio “play”, pero que si hubiera sabido donde iría  a caer este globo, desisto de mis aspiraciones y pido morada en cualquier casa de vecino.

Después de haber buscado mucho y con el desespero a cuestas,  me decidí por uno que el asesor de la agencia casi me lo vende y yo casi lo compro, en un solo bloque porque nunca me han gustado las urbanizaciones por aquello de los mil vecinos, los mil niños, los mil chismosos, la piscina mancomunada, etc. Era un séptimo piso, la ventana daba a una zona protegida, dícese una selva con quebrada incluida, llena de variopintos animales, una “tranquilidad” increíble y de fácil ubicación. El edificio se llamaba Roble Claro, pero por mis amargas experiencias vividas allí, por eso este post se llama Roble Oscuro.

¡Sí, lo quiero! Dije como a una propuesta de matrimonio, que en este caso no sería yo porque le huyo a tan digno sacramento, pero digamos que es un buen ejemplo. Mi afán era tal que decidí que ese debía ser el lugar aunque fuera la casita de la Barbie, porque tenía 35 metros cuadrados y no cabía sino lo justo. Usted entraba y a la derecha encontraba un armario donde iba la lavadora, que servía además de extendedero y al lado estaba el calentador de agua que desde que me mudé no servía para un follelli (dícese del lugar donde la espalda pierde su casto nombre).  La ropa se demoraba tres días para secarse y encima quedaba oliendo a húmedo, algo que puedo odiar con todas las fuerzas de mi alma.  Enfrente se encontraba la cocina, a un paso el baño con una mini ventana y después un solo espacio para poner la cama. El ventanal de lado a lado, dos closets uno en frente del otro y pare de contar.

Y como en el que vivía anteriormente era amoblado, pues calcule que no tenía si no la ropita y una mesa de vidrio que había comprado hacía unos años e iba conmigo a todas partes. ¿Y dónde voy a dormir? ¿Y con qué cubiertos voy a comer? ¿Y en qué me voy a sentar? ¿Y en qué voy a lavar? ¿Y dónde refrigero la comida? ¿Y de dónde saco la plata para amoblar? No ve pues que con solo lo que vale el formulario para el estudio del crédito, porque debe ser apto para asumir esa responsabilidad de pagar y el porcentaje que le quita la agencia por la gestión el primer mes de arriendo, usted ya quedó literalmente, tirado en la sucia carretera, sin un peso en el bolsillo.

¿Pero y entonces para que están las amigas? Vea amiguis, voy a remodelar la casa, ¿le sirve esta vajilla, esta mesa, este televisor, estos cuadros, estos adornos y este sofá cama para que duerma mientras compra un cambuche para dormir? ¡Obviooo sí! ¿Cuándo paso a recoger los corotos? Y la familia, esa que aunque usted esté en la inmunda no lo abandona nunca, pues mi hermana, la que me salva cada rato de situaciones variopintas ¿pues cómprese una mini nevera, total, para ese espacio tan pequeño apenas es! Yo le regalo la mitad de lo que vale. ¿Y uno qué dice? Pues que sí. Y así tuve mi minibar, al que no le cabía sino una caja de huevos, un frasco de jugo, dos paquetes de arepas, un queso y unas pocas verduras. ¿Lavadora? Ah no mona, ahora no hay forma y lavaba los domingos en la casa de mi santa madre, salía con mi bolsa llena de ropa más encartada que un mueco con un bolis, pero por lo menos tenía que ponerme y limpia.  Y así con infinidad de objetos del hogar mientras me iba haciendo a mis cositas.

Digamos que estaba medio instalada y viviendo en condiciones normales, pero empezó Cristo a padecer el pimer viernes después de haberme mudado porque el vecino del piso de arriba, que acabó con el ser de luz que yo era, con la poca paciencia que me quedaba y la tolerancia; puso la música  a todo taco de 4:00 a 11:00 p.m., horario permitido en este país,  pero que es mejor unirse  a la fiesta que mandarlo a callar.   Y así sucesivamente todos los jueves, viernes o sábados, donde retumbaba en las paredes de mi humilde hogar y que ni con tapones o audífonos se dejaba de oír. Quería enloquecer, darme látigo con espinas incluidas o rodar escaleras abajo, además pisaba duro, se le caía todo, hacía ruido a más no poder y ni les cuento como era en la intimidad y obvio no conmigo.

Pero esa no era la única joya, el de enfrente fumaba marihuana desde que se levantaba hasta que se acostaba, ah y muy bueno pa´el que andaba tan bacaniao, que se fume todo lo que quiera pero con la puerta cerrada. La vecina del lado tenía dizque un “cascabel” por aquello de las buenas energías, pero ¡mentira!, eso era un cencerro, abría y cerraba el día entero y el tilin, talán, tolón, era insoportable. Y ustedes dirán ¿pero no soportás es nada mi querida Ana, podrías ser más tolerante? Y juro que hice el esfuerzo, pero estoy segura que si hubiera sido el inquilino cualquiera de ustedes, acaban con el edificio entero.

A eso hay que sumarle que las bolsas para la basura (negras, verdes y transparentes) que repartía la administracion mensualmente y se dejaban en la puerta de cada apartamento desaparecían mes por medio, es decir, un mes tenía y otro no. ¿Qué pasaba? Vaya usted a saber… ¿Y Los olores? Esos aromas a cebolla con tomate, ajo y demás especias que se filtraban por el baño de las cocinas contiguas no tenían precio. Y yo, maniática de los aromas sufría imparablemente y no se que era peor; si dejar el ambiente natural o mezclar perfume, con antiolores y fósforo ventiado.

Pero lo que más llegó a acabar con mi salud mental fueron las minilagartijas cafés, esos seres de la naturaleza a los que les tengo la fobia más grande, que paralizan mi corazón y no de amor, que me provocan crisis de ansiedad y locura; entraban por todas partes sin pedir permiso. Eran una epidemia, salía del baño y ya había una muy oronda mirándome fijamente desde la cocina, salía de la cocina y había una parqueada en la ventana, cerraba la ventana y había una en el closet explayada, cerraba el closet y se estaba metiendo otra por debajo de la puerta y así por todas partes sin respetar. Y no se sabía cual sufría más, si ellas o yo con el escándalo montado. Hasta que decidí que debía vivir en un bunker, sellar las dos únicas ventanas que tenía el miniapartamento y casi vivir asfixiada sin un solo ápice de aire que me permitiera respirar. Y dicho y hecho, selladas con cinta para embalar nunca más se volvió a entrar ninguna, pero eso sí, vivia en la más completa humedad, muerta de calor y en una burbuja que me desesperaba cada día pero el miedo me podía más.

¿Y qué como vivía? Con un temperamento de los mil demonios, irascible, intolerante, odiaba llegar a mi casa, me provocaba acabar con cuanto vecino me encontraba en el ascensor y quería salir corriendo de un sitio donde tenía un contrato de un año y apenas llevaba tres meses, solo les digo pues que donde hubiera tenido que cumplir ese tiempo no cuento la historia, así de sencillo. Y obvio todo ese encierro tenía que hacer mella en mi salud, además porque los hijos de su chingada madre de la agencia me dejaron tres meses con el calentador de agua averiado, agua fría fue la que volié durante mucho: meta un pie, luego el otro, esquive con la espalda el chorro, ponga la cabeza de lado y baño de gato mija porque no daba pa´más. Y esa mezcla de humedad y duchas a baja temperatura hicieron que mi nariz tuviera ciertos problemas, problemas que aproveché para que mi médico de cabecera me hiciera una excusa que decía que si no me iba de ese apartamento, practicamente perdía el órgano del olfato. Y eso fue lo que salvó mi vida y mi salud mental, hablé con el encargado, le hice llegar todos los documentos médicos y muy amables me acaban el contrato a los seis meses y no al año porque si no se van de demanda.

¡Soy libre hp! Se puede ir a los seis meses bien pueda, haga usted de cuenta que estuviera cumpliendo una condena y ya iba a salir casisito. Como cual rea tachaba los días y contaba las horas, empaqué mis pertenencias con un mes de anticipación y las cajas estaban pegadas de la puerta para salir en el momento preciso. Y así fue, lo entregué el 27 de diciembre del 2018, pagué hasta el último peso de lo que fuera a quedar por ahí pendiente porque no quiero volver a saber de la agencia, del edificio y sus habitantes.

Y empecé a buscar otra vez donde vivir, sería ya la casa número once. Muy enfocada en encontrar la indicada pero es muy difícil, creo y siento que debo vivir en el monte en una cabaña aislada y sin vecinos porque no soporto la tirada de puertas, los inquilinos gritones, los que hacen ruido por todo, los taconeos a primera y última hora del día y demás maricaditas varias. Dirán ustedes “Estás muy cansona y no soportás es nada” y sí, tienen toda la razón, no soporto es nada. Amo el silencio, no quiero vivir más en comunidad de vecinos, quiero estar en el campo rodeada de vacas, perros, gatos, animales de monte y tranquilidad. ¡Qué vea que allá si hay lagartigas! Me importa más la evolución del rábano, prefiero mil veces compartir con ellas que con cualquier inquilino o habitante de la casa del lado.

Ahora vivo en otro apartamento más grande y con más comodidades, pero lleno de gente a los lados otra vez y así será por un año más que dura el contrato de arrendamiento, ¡si lo soporto! porque tengo una obra al lado que está acabando con mi salud física y mental, perfectamente por la cercanía podría ser la capataz o pasarles uno a uno los adobes a los obreros ¿Qué por qué lo arrendé con ese problema? porque cuando visité el lugar era hora de almuerzo y no estaba ni Dios que se supone está en todas partes; y al preguntar a la dueña la explicación fue otra muy diferente, la gente que es así en este país “el vivo vive del bobo” y en este caso la segunda fui yo. Creo que pronto habrá otra mudanza y esta vez, espero, que sea pal monte para vivir en medio de la naturaleza.

 

 

 

 

 

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